Las pequeñas historias en un autobús

Siete de la mañana. Parcialmente nublado. Las tiendas comienzan a abrirse y la gente empieza a salir de sus casas. Los imito, caminando lentamente por las calles londinenses. Un rico olor de café inunda mis fosas nasales. Miro hacia la izquierda, y un hombre poco abrigado me saluda enérgicamente desde su puesto de café callejero. Decido acercarme, y compro el más barato, un café negro en un vaso de plástico.

Llego a mi parada, la número veinticuatro. Apenas tres personas la habitan, cada una ensimismada en sus cosas, cada una pensando en sus qués y en sus cómos. Me instalo entre las dos mujeres de avanzada edad y me dispongo a escuchar música, una música que me acompaña desde mis dieciséis años. Una de las mujeres me observa. Su mirada, extraña, transmite miedo, intriga. Estoy a punto de quitarme  los auriculares y preguntar, aunque me contengo. Le devuelvo la mirada un par de ocasiones, pero finalmente decido no decir nada.

El autobús llega en el mismo instante que me termino el café. Lo tiro en la papelera más cercana y me apresuro a subir a aquel enorme vehículo de uso público de dos pisos. El conductor me saluda con un alegre y desenfadado “Buenos días”. Consigo sonreír y marco mi viaje en la tarjeta. Tomo asiento al lado de una ventana, en el segundo piso. La música sigue sonando cuando fijo la vista por la mirada.

Y las primeras gotas de lluvia caen.

La gente que hasta ahora caminaban tranquilamente se apresuran a encontrar cobijo de las violentas gotas que no dejan de caer. Solamente los pocos que han tomado la precaución de coger un paraguas antes de salir de casa permanecen tranquilos, pausibles ante la lluvia que ha decidido atacar Londres. Un suspiro y me fijo en el interior del autobús.

El segundo piso no está demasiado habitado. A la izquierda tres personas y a la derecha cinco. Todas al lado de la ventana. Los de la izquierda parecen ser estudiantes que comentan un examen de italiano que tendrán que hacer esta misma mañana. Los de la derecha, sin embargo, ya son adultos trabajadores, abogados se llega a adivinar por el maletín que llevan en sus faldas, que toquetean constantemente el teléfono.

El autobús avanza y para en todas y cada una de sus paradas, dejando subir a más y más gente. Y el segundo piso de este autobús londinense se va llenando poco a poco. Ahora ya prácticamente está lleno, a excepción de dos plazas vacías. A mi lado, un jóven de no más de treinta años me saluda al sentarse. Sus cabellos rojizos están algo mojados, y algunas gotas de lluvia resbalan por su rostro mientras saca unos papeles llenos de letras y palabras.

Delante, casi en las escaleras que llevan hacia abajo, un grupo de cuatro señoras mayores discuten sobre cuál de sus nietos es quién tiene el mejor trabajo. Finalmente parece ganar la mujer de la rebeca lapislázuli, quién, con una amplia sonrisa, se come una galleta de chocolate.

El autobús llega a su parada, a mi parada. Me despido del conductor que, de nuevo con aquella alegría tan desenfadada, también se despide. Antes de bajar, pero, abro mi paraguas amatista. Con un pequeño saltito, igual que llevo haciendo desde los catorce años, me bajo del autobús. Detrás de mí, éste cierra sus puertas y sigue su trayecto transportando a más personas hacia sus destinos, transportando pequeñas historias que sólo ocurren cuando te transportas en autobús.

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