No dejas de gimotear mientras golpeteo muy flojo con una gasa impregnada de yodo tu herida en la parte superior de tu ceja izquierda.

– Auch. Duele.

Pongo los ojos en blanco mientras mis dedos se manchan de rojo, de tu sangre.

– Lo sé.

Intento que mis palabras suenen dulces, amables. Pero me cuesta hacerlo, después de todo lo que nos ha pasado.

– ¿Por qué…?

Pero te detienes. Sé perfectamente lo que ibas a preguntas. Que por qué te he pegado, por qué te he provocado esta herida que, ahora mismo, yo misma estoy curando. La respuesta es sencilla: no lo sé.

– Calla, y no te muevas tanto. No puedo curarte si lo haces.

Esta vez, sin embargo, he sonado realmente dulce. Lo notas, notas cómo ha cambiado mi tono de voz. Me miras, tus ojos verdes encarados con los míos, azul oscuro.

– Lo siento.

Suenas cansado, pero a la vez afligido. Quiero besarte, tocarte, y saber que todo volverá a ser como antes. Pero ahora no. Porque no es el momento.

– No pasa nada.

Tus gimoteos se van silenciando poco a poco, hasta el punto de tan solo oír mis dedos trabajar en tu herida.

– Siento…

No terminas tu frase. Enhebro el hilo y tus manos tiemblan ligeramente. Sabes que no te haré daño, que no es la primera vez que te curo de esta manera. Pero aún así, y lo sé perfectamente, es inevitable temer este momento.

– Quizás me haya pasado un poco, al pegarte.

Mi voz se vuelve casi un susurro cuando clavo la aguja en tu piel. Te quejas un poco, pero de repente, sueltas un ligero suspiro. No puedo evitar preguntarte por ello.

– ¿Acaso ahora sientes lástima de mí? ¿Después de pegarme?

Te acaricias la herida con precaución, vigilando de no deshacer los puntos que te acabo de poner.

– Sigues siendo mi amigo, después de todo.

Las palabras apenas salen de mi garganta. Acabo de mentir, una mentira que se hace demasiado evidente en tu cabeza.

– ¿Amigo? ¿Cuándo has dejado de amarme?

Quiero abrazarte, envolverte con mis brazos para toda la eternidad. Pero nunca parece ser el momento apropiado para hacerlo.

– Nunca.

La palabra suena llena de significado, cargada de vida. Bajas del banco donde has estado sentado durante toda la tarde y te acercas a mí, seguro de ti mismo. Quiero que me acaricies, quiero que me beses.

– Yo tampoco lo he hecho.

Me besas despacio, saboreando el momento, disfrutándolo. No quiero que estas sensaciones desaparezcan jamás.

– Te quiero.

Tan solo puedo pronunciar esas palabras. Porque ya no hay nada más que decir.

– ¿Te gustaría volver a empezar? ¿Volver a empezar tu vida junto a mí?

Una lágrima resbala por mi mejilla. Vuelvo a besarte.

– Por supuesto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s