Esas tardes en el parque

Todo comenzó con aquel mensaje en mi Twitter.

Una amiga común nos presentó de manera más bien absurda. Yo reí ante la pantalla de mi ordenador. Pensé “Qué loca está”. No dejaba de insistir en lo soltera que estaba, solo para llamar tu atención. Y, al parecer, lo consiguió.

Dos minutos después recibí un mensaje directo por Twitter. Eras tú. Me sorprendió tu iniciativa, pues no me conocías de nada. Ni siquiera conocías mi aspecto físico, así que, sí, me sorprendí.

Ya no recuerdo cuáles fueron nuestras primeras palabras. No recuerdo si te pregunté el nombre, o la edad, o tus estudios. Solo sé que aquel comienzo fue perfecto y que en pocos segundos conseguimos conectar.

Pasamos las noches hablando. Te pregunté la edad, la carrera, tu lugar de residencia, y miles de cosas más, todas igual de importantes. Acabé siendo adicta a nuestras conversaciones.

Llegó aquel mensaje que tanto esperaba. Lo leí cientos de veces y aún no podía creerlo. “¿Qué te parece quedar algún día y conocernos?”. En mi rostro, mi mirada, mi sonrisa, todo era felicidad. No tardé en responder afirmativamente. Barcelona fue la ciudad escogida, un punto intermedio entre nuestras dos ciudades.

Los días pasaban lentamente, necesitaba el sábado. Necesitaba conocerte ya. Y cuando menos lo esperé ya era sábado. Intenté vestirme apropiadamente, lo mejor que pude. Acabé cogiendo una camisa azul celeste, unos vaqueros ajustados y unas botas de cordones.

Por un solo instante pensé “¿Y si no le gusto? No quiero haberme ilusionado para nada”. Traté de olvidar esa idea, de tirarla a la basura. Cogí mi bolso y salí disparada hacia el tren. Subí muy ilusionada, mi sonrisa era imposible de borrar. Cerré los ojos un instante, y ya había llegado a Barcelona.

Pregunté la dirección del parque donde habíamos quedado. Ya me acercaba a mi destino cuando recordé que no sabía cómo eras físicamente. ¿Cómo iba a reconocerte, entre tanto gentío que había en el parque?

Unos brazos me rodearon por detrás. Me giré para ver quién era. Sonreías, y tu sonrisa fue contagiosa. Me saludaste enérgicamente, me diste dos besos y me cogiste de la mano mientras me llevabas por todos los escondrijos del parque.

Me gustaste más de lo que imaginaba. Me enamoraste más de lo que planeaba. La tarde se hizo corta a tu lado, pero ambas debíamos regresar a casa. Me besaste, y ya no pude dejar de pensar en tus labios hasta que los volví a probar.

Fueron muchas tardes así, muchas tardes a tu lado. Muchas sonrisas, muchas miradas, muchos besos. Me hiciste la chica más feliz del mundo.

Pero, de repente, todo terminó.

Comenzaste a alejarte de mí, empezaste a dejar de enviarme mensajes, de llamarme. Y, sin darme cuenta, desapareciste casi por completo de mi vida. No podía dejar de pensar en tí. Necesitaba, quería verte. Deseaba poder hablar contigo, anhelaba poder volver a abrazarte y besarte. Pero parecía que ya no me querías en tu vida.

Las noches las pasaba en vela, sin poder dejar de pensar en tí. Había entrado en una extraña pesadilla de la que parecía no poder despertar.

Un mensaje, tan solo pedía eso. Pregunté a nuestra amiga comuna, pero ella sabía tanto como yo: nada.

Ya nada era como antes. Comencé a dejar de comer, a dejar de alimentarme correctamente. Mi aspecto se fue convirtiendo, poco a poco, en el de un fantasma, pálido y delgado. Ya no me importaba mi salud.

Y, sin darme cuenta, todo volvió a cambiar.

Eran las cuatro de la madrugada. No podía conciliar el sueño por culpa de unos perros que no dejaban de cantar extrañas melodías. Miré el reloj y de repente sonó mi teléfono. El corazón me dio un vuelco cuando vi tu nombre en la pantalla. No tardé ni dos segundos en cogerlo. “¡Buenos días, dormilona!” Tu voz era exactamente igual a la que recordaba, tu alegría no habían cambiado. “Baja a la calle, tengo una sorpresita”. Ni me molesté en quitarme el pijama. Me puse unas zapatillas de estar por casa y bajé a toda velocidad las escaleras.

Y allí estabas tú, con un enorme ramo de rosas entre tus manos, con aquella sonrisa tan espectacular en tu rostro. Estabas, pero, algo más apagada y delgada de lo que recordaba. Me preocupé unos minutos. Te acercaste a mí, uniste nuestros labios en un largo y apasionado beso.

Las rosas ya estaban en mi poder mientras me contabas tu historia, el por qué de tu desaparición. Estuviste enferma, demasiado enferma. Cinco meses encerrada en una habitación de hospital, prácticamente sin visitas excepto tu madre. No pude evitar sentirme egoísta y algo cruel, pues yo no había dejado de creer que lo que ocurría era que ya no querías verme jamás.

Te invité a subir a mi piso. Estaba muy desordenado, pero pareció no importarte. Te mostré mi habitación, algo más limpia que el resto del piso. Dejé las rosas sobre la mesita antes de volver a sentir tus labios fusionados con los míos. Lentamente sentí mi cuerpo caminar hacia la cama. Me llevabas a ella, me tumbaste en ella.

Y aquello que pasó, fue algo que tanto tú como yo deseábamos desde hacía mucho.

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