Amarte hasta perder la consciencia.

– Ha pasado mucho tiempo, Elijah.

Las palabras apenas son un susurro que no hubiese sido capaz de oír si  no fuese por el hecho de que soy un vampiro. Y un vampiro puede oírlo todo.

– Lo sé, Katherine.

Tiemblas, se puede apreciar lo incómoda que te sientes en este momento.

– Entonces, ¿por qué has vuelto?

Preguntas alzando un poco la voz, intentando hacerte oír sin mis super sentidos… vampíricos.

– Por tí.

Suspiro y me encojo de hombros. Tu mirada parece nublarse, creo que estás a punto de llorar, a pesar de querer mantenerte fuerte.

– ¿Por qué sigues mintiéndome? Te fuiste, me abandonaste. No pretendas arreglar ese error.

La primera lágrima resbala por tu mejilla. Quiero acercarme y secártela con mi pulgar. Abrazarte y eliminar la tristeza de tu cuerpo. Besarte y… Pero ya me conoces, soy un caballero y no quiero volver a hacerte daño.

– Nunca quise abandonarte. Sabes por qué tuve que marchar de aquí, sabes…

No consigo terminar la frase porque, en realidad, no hay frase que decir. Me fui, te abandoné, y no hay excusa válida para justificar mis acciones.

– Pero lo hiciste.

Poco a poco, parece que la persona que más dolida está, sea yo. Tus palabras son secas, hirientes. Parece no importarte el cómo me afecta que me hables y trates así.

– No tuve elección.

Es lo único que consigo responder.Y sé que miento con estas palabras. Tuve elección, por supuesto que la tuve. Pero fui idiota y no quise verla.

– O eso quieres creer.

Te das la vuelta. Estás llorando, puedo oír tus sollozos ahogados por la mano que te has colocado delante de la boca. No quieres que te vea, no quieres que te oiga. Pero aún así, permaneces en el sitio, sin intención de marcharte.

– Lo siento mucho.

Te apartas la mano de la boca, dejas que el sonido de tus sollozos se haga más fuerte. Ya no te importa mostrarme tu debilidad, ya no te importa si sé que estás llorando. Te giras, y tu imagen rompe en mil pedazos mi corazón.

– No. No lo sientes. En realidad te dan absolutamente igual mis sentimientos.

Sigues rompiendo mi interior con tus palabras. Cada vez me siento peor, creo que en cualquier momento puedo caer al suelo y no volver a levantarme.

– No me dan igual tus sentimientos.

Lo más sincero que he dicho hasta ahora. Quiero echarme a llorar, rebentar, expulsar toda esta tristeza de mi cuerpo. Pero no puedo. Me resulta imposible hacerlo.

– Pues lo parece.

Me olvido de lo caballero que se supone que soy. Me olvido de las reglas, de mis intenciones iniciales. Me acerco a tí, borro esas lágrimas que humedecen tu rostro y que se empeñan en nublar tus preciosos ojos azabache.

– Por favor… Deja de llorar. Eso me destroza…

Susurro en tu oído, agachándome ligeramente para hacerlo. Puede que pienses que miento, pero no intentas apartarte. Te rodeo con mis brazos, te aprisiono contra mi cuerpo. No quiero soltarte.

– No pidas algo que es imposible.

Agarro tu rostro con ambas manos. Quiero besarte, quiero que la distancia entre nuestros labios desaparezca. Pero temo que al hacerlo, te separes y jamás regreses.

– ¿Por qué es imposible?

Tus labios están tan cerca. Tu respiración choca contra mi rostro. La siento agitada.

– Hazlo.

Me sorprendo y me quedo paralizado.

– ¿El qué?

Pregunto algo intrigado.

– Besarme.

Y antes de darme cuenta, nuestros labios ya están juntos. Devoro lentamente tus carnosos labios. Quisiera detener el tiempo. Besarte eternamente. Abrazarte hasta mi muerte. Amarte hasta perder la consciencia.

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