La chica del vestido veraniego

Una mañana como cualquier otra. Soleada, despejada. Llaman al timbre y me levanto perezosamente del sofá. De camino hacia la puerta cojo una galleta y la engullo rápidamente mientras abro la puerta. Ahí estás tú, con tu radiante sonrisa de siempre. El vestido de verano que llevas puesto te lo compré yo, lo recuerdo. Te sonrío y beso tu mejilla derecha. Te sonrojas, y me gusta que te sonrojes.

Entras en mi casa con miedo, como si fuese la primera vez que vienes. Pero rápidamente te descalzas y vas correteando hacia el comedor. De tu bolso sacas una película. No la reconozco hasta que estoy a tu lado, Regreso al futuro. La cojo y la meto en el reproductor de vídeo.

Mientras se enciende, haces las palomitas. Ya huelo la mantequilla cuando las primeras imágenes aparecen en el televisor. Concentrado en la película, no me doy cuenta de que intentas meter una palomita en mi boca. La abro y dejo que la deposites sobre mi lengua. Sonríes, de aquella manera tan inocente y tan bonita que tienes de sonreír.

La película va pasando, ya casi no tenemos palomitas. Pero no me importa, porque estoy a tu lado. Despacio, te giras hacia mí. Lentamente, unes nuestros labios. El sabor salado de tus labios me encanta. Y cuando abro los ojos para mirarte. Ya no estás ahí.

Me encuentro sobre la cama, algo sudado por el calor del verano. Y solo.

Desde hace dos meses sueño con la misma chica, la misma chica del vestido de verano que quiere ver una película junto a mí.

Pero… ¿quién es esa chica?

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