Forever

Ya casi tenía el pijama puesto cuando oí una notificación en el ordenador. Me acerqué corriendo, sin recordar que no llevaba subidos los pantalones y casi tropiezo por ello.

Coloqué rápidamente la contraseña y puse Twitter. Mis oídos no me habían fallado: me habías enviado un mensaje.

– Entonces, supongo que jamás volveré a verte.

Una lágrima resbaló por mi mejilla, mojando mi pierna todavía desnuda. Aquella era la realidad más triste y horrorosa que jamás podría vivir.

– Supongo. No lo sé. No quiero perderte.

Poco a poquito me iba sincerando contigo, una persona a la que jamás había visto en persona, pero que ya ocupaba un gran espacio en mi corazón.

– No quiero que te vayas. Pero no puedo ser egoísta: es la oportunidad de tu vida.

No quería irme, no quería abandonarte jamás. No quería coger aquel avión que me llevaría a Nueva York. Pero la decisión estaba tomada.

– No quiero irme. Y tampoco puedo ser egoísta: no puedo llevarte conmigo.

Otra lágrima. La vista comenzaba a nublarse. ¿Aquello era un adiós?

– Si… si nuestros caminos están destinados a encontrarse, lo harán. Lo sé.

Me clavé las uñas sobre la piel de mis rodillas. Comenzó a sangrar, pero prefería aquel dolor al de mi corazón.

– Ojalá tengas razón. No quiero perderte.

Un último mensaje al que contestaste con un simple emoticono. ¿Cómo podría vivir con aquel dolor, cuando todavía ni me había marchado? Fue el adiós más odioso de mi vida. Porque aquel adiós, significó perderte… para siempre.

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