That you has been, are, and will be for all my life.

Miro mi reloj, las cuatro y veintitrés de la tarde. Ya debes estar a punto de llegar.

Oigo un rugido a la derecha, y sé, sin necesidad de mirar, que los camiones de tu división están llegando. Me escondo un poco más en mi escondite, detrás de las múltiples vallas que impiden a los de mi división, la división C, acercarse a los de tu división, la A.

Cuento los camiones tuneados de color negro que van llegando. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Y sobre el quinto, disfrutando del viento golpear tu fino rostro, estás tú. La única persona del mundo por la cual correría el riesgo de morir a manos de tus jefes.

Bajas de un salto, pisando con firmeza el suelo. El arma que llevas colgando sobre tu hombro se balancea ligeramente con cada paso que das. Te acercas a la gran y larga muralla que nos separa del mundo exterior, un mundo que en años, quizás siglos, nuestra civilización no ha visto jamás.

Un hombre un par de años mayor que tú parece asignarte una zona, pues corres hacia el lugar que te han señalado. Yo, por mi parte, decido seguirte por detrás de la valla. No me gusta la idea de no verte hasta mañana.

Te detienes de golpe, sin previo aviso. No me doy cuenta hasta que estoy un par de metro más adelante que tú. Bajas el arma de tu hombro, dejando sin darte cuenta, caer una de las balas al suelo. Mientras la recoges decido salir de mi escondite.

Mala elección por mi parte. Apuntas y me disparas. Suelto un grito de dolor y me pongo la mano sobre la herida, en el hombro. Bajas el arma y te acercas corriendo, aunque nada más poner la mano sobre mi herida, das un salto hacia atrás.

Es extraña tu reacción, puesto que me conoces de una infancia juntos como vecinos. Abres la boca, quizás para regañarme por haberme escapado de mi división. Pero cuando oigo tus palabras, son muy diferentes a las que había imaginado.

– ¿Qué estás haciendo aquí?

Tu voz es dulce, pero autoritaria. Y esa es precisamente la voz con la que llevo soñando semanas.

– ¿Es que acaso un viejo vecino no puede venir a visitarte?

Mis palabras parecen tranquilizarte, aunque solo un poco. Vuelves a acercarte y te rasgas tu camiseta negra para crear una venda.

– Si quieres que mi jefe te mate, sí. Pero si tu intención es vivir una vida larga, con una esposa e hijos, ésta no es la manera.

Envuelves la herida con la tela, haciendo un nudo para que no se mueva de sitio. Me duele horrores, pero miro de no dejar de sonreír.

– Esa vida, la que acabas de describir, es la que quiero junto a tí.

Tiemblas levemente. Me preocupa haber dicho algo más de la cuenta, algo que pueda haberte asustado. Pero simplemente te limitas a terminar de curar mi herida.

– Y también sabes que es imposible, ¿verdad?

Lo sé, es en lo único que consigo pensar desde que… desde que estoy enamorado de tí.

– Pero, ¿y si nos escapamos?

Sé lo que preguntarás: ¿A dónde? Pero tu rostro cambia automáticamente cuando pareces adivinarlo al ver mi rostro: hablo de ir más allá de la muralla.

– Estás loco, ¿verdad?

Aunque intentas sonar mayor e imperiosa, tu sonrisa te delata: aunque no quieres reconocerlo, te divierte la idea.

– Cuando te enamoras, ninguna idea te parece descabellada, si con ello consigues estar con el amor de tu vida.

Unos pasos se acercan a nosotros: deben de haber oído el disparo. Me levanto, dispuesto a salir corriendo, no quiero causarte problemas. Pero cuando me doy la vuelva, tu mano sujeta firmemente mi muñeca.

– ¿Eso es lo que soy? ¿El amor de tu vida?

Me giro y sujeto con fuerza tu rosto, fundiendo nuestros labios en un largo beso. Cuando me separo de tí, a pesar de no querer hacerlo nunca, y salgo corriendo hacia la valla, suelto susurrando.

– Eso has sido, eres, y serás por toda mi vida.

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