Eight months at his side

Si la placa policial que hay entre mis manos fuese un ser humano, hace minutos que estaría mareada. Una vuelta, y dos, y tres. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo mirándola.

El apellido de mi padre está impreso en la placa, dando así a entender a quién pertenece dicho objeto.

Una coca-cola fría pegada a mi mejilla derecha me devuelve a la realidad. Delante de mí aparece ese hombre con el que no puedo dejar de soñar desde hace unas semanas, mi ángel protector.

– ¿Pensando en tus cosas, Katherine?

Se sienta delante de mí, en la tierna hierba, húmeda por el rocío de la mañana. Él ya ha empezado su coca-cola.

– Pensando en mi padre.

Guardo la placa policial en mi bolso, con la intención de no pensar más en ello. De disfrutar de una fantástica mañana al lado de mi ángel, Castiel.

– ¿En qué?

Las palabras se atropellan en mi boca. Finalmente consigo pronunciar:

– En lo mucho que lo echo de menos.

Parece arrepentirse de haberlo preguntado. Un suave abrazo y vuelve a sonreír de aquella manera tan especial que tiene.

– No quería preguntar. Lo siento.

Sacudo la cabeza, dando un trago a mi bebida gaseosa.

– No tienes de qué disculparte. No importa.

Un rápido beso con sabor a coca-cola. Un beso delicioso.

– ¿Cómo ha llegado esa placa a tus manos?

La pregunta suena inocente. Pero, conociéndolo, descubro enseguida la intención de su pregunta.

– Simplemente, ha llegado.

Me encojo de hombros. Sabe que he mentido, porque, sinceramente, jamás le contaré el cómo he conseguido la placa. Porque no quiero perderla. Jamás.

– Puedes contármelo, Katherine.

Odio cuando usa ese tono paternal conmigo. Como si yo fuese una niña pequeña que acaba de hacer algo malo pero no quiere reconocerlo.

– Es la verdad.

No, no lo es. Pero no quiero pensar en ello.

– Está bien. No te preocupes.

Otro casto beso. Sonrío antes de volver a juntar nuestros labios, alargando el beso, saboreando y disfrutando el momento.

– No pensemos en esas cosas, ¿vale? Centrémonos en nuestra… cita.

Aún se me hace extraño llamar “cita” a nuestros encuentros y quedadas. Suelta una extraña pero divertida carcajada cuando me oye pronunciar la última palabra.

– ¿Aún te resulta extraño decir cita? Pues, después de ocho meses…

Y es cierto. En dos días cumpliremos ocho meses. Qué rápido pasa el tiempo cuando lo pasas con la persona indicada.

– No, ¿por qué lo dices?

No responde. Sonríe y deja la lata de coca-cola vacía a un lado, inclinándose para besarme. El beso es dulce pero apasionado. Quisiera detener el tiempo y permanecer eternamente en esta posición.

Ocho meses. Ocho meses y aún no me he cansado de sus besos. Y espero no hacerlo nunca.

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