Yes. I believe in your humanity

Los párpados me pesan demasiado. Quiero (y sé que debo) abrir los ojos. Pero no me quedan fuerzas para hacerlo.

Una cuenta mental. A la de una. A la de dos. Y a la de tres.

Tan buenamente como puedo, abro los ojos. Y lo que veo, me gusta y me aterra a partes iguales.

Reconozco el lugar. Es la prisión donde, ¿hace cuánto?, estuve matando a gente. Desconocer el tiempo que he estado inconsciente me obliga a buscar alguna medida de tiempo.

Recuerdo que era de día, sí. Más o menos sobre las 10 de la mañana. Y, si mi memoria no me engaña, 28 de octubre. ¿Qué día y qué hora será ahora?

– Vaya. Veo que ya has despertado – dice una profunda pero melodiosa voz detrás de mí.

Castiel Salvatore. Por supuesto.

Masajeándome la sien, consigo mirarle a la cara. Una cara que en su día me enamoró. Y que todavía me enamora.

– ¿Qué quieres, Castiel?

Mis palabras no parecen palabras. Sino más bien sonidos guturales, arrancados desde lo más profundo de mi garganta.

El suelo sobre el que estoy tumbada está manchado de sangre. De mi sangre. Un recuerdo de Castiel sujetando una pistola me vuelve a la mente.

– ¿Por qué lo hiciste? Dispararme, digo.

En sus manos lleva un botiquín médico. Qué irónico, pienso, con un dolor terrible de cabeza. Oh, y de corazón.

– ¿Piensas hablar?

Antes de poder intuir algo, comienza a curar una de las heridas que me provoqué al caerme al suelo. Muerta.

– ¿Cómo es que todavía estoy viva? Me disparaste, lo recuerdo perfectamente. Recuerdo el dolor en mi pecho, mi corazón dejando de bombear sangre. Recuerdo el dolor que tú mismo me provocaste.

Sigue curando mi herida, toqueteando con la gasa impregnada de yodo constantemente. Quiero que diga algo, no oír el continuo silencio en el que parece estar sumido.

– Contéstame, por favor – me paso una mano ensangrentada por mis cabellos despeinados -. Al menos, me gustaría saber cómo estoy viva.

Segundos, tal vez minutos, hasta oír su voz.

– Dije que te habíamos reformado. No que habías dejado de ser un demonio.

Me estremezco. Siento temblores recorrer de arriba a abajo todo mi cuerpo. Sigo siendo un jodido demonio.

– Y nunca dejarás de serlo – sigue diciendo, como si no se hubiese percatado de mi reacción ante sus palabras – Porque eres Evelyn Coverin, una de los demonios más peligrosos del mundo entero.

Me apoyo, sin darme cuenta, sobre el charco de sangre que hay bajo mi cuerpo. No. No puede ser verdad. No puedo ser (todavía) un demonio.

Castiel, por un segundo, parece comprenderme. Me abraza, dejando de lado la herida que estaba curando, la situación. Todo.

Sus brazos envolviéndome parecen transportarme a aquellos días en los que yo ni siquiera conocía mi nombre. En los que yo era una joven inocente que no sabía demasiado sobre la vida. A aquellos tiempos en los que yo era feliz.

– Oye, no he querido decir, en ningún momento, que ya no te quiera – le lanzo una mirada furtiva -. Vale, te disparé. Pero para salvarte, de lo que estabas haciendo.

Me encojo de hombros, antes de separar mis manos de la sangre del suelo. No me había dado cuenta que, incluso abrazados, no había despegado las manos del lugar.

– ¿Y que estaba haciendo, eh? Salvar al mundo, creo yo.

– ¿De unas personas inocentes? – me deja algo desconcertada -. Evelyn, te has equivocado por completo. Las personas que has matado, eran humanos, normales y corrientes.

Ahogo un grito, o lo que fuera que estaba a punto de sacar por mi boca. He matado a gente inocente, a humanos sin ninguna maldad. Los he matado.

– Oye, todos cometemos errores – comienza a decir, cuando me ve expulsar las primeras lágrimas.

– No de este tamaño, Castiel – empiezo a sollozar, ya sin control sobre mí -. Castiel, lo he he hecho es… horrible. Y ni siquiera lo sabía. Dios, ¿qué he hecho?

Me tapo el rostro con ambas manos, ensuciandolo así de mi sangre. Castiel vuelve a envolverme con sus fuertes brazos. Sus alas ensombrecen un poco el lugar, y parece todavía más de noche.

– Vamos, no te desmorones ahora, Evelyn. Ya casi eres una humana.

Aparto las manos de mi rostro. Quiero mirarle a la cara, quiero (y necesito) que me transmita esa seguridad que solo él sabe transmitirme.

– ¿Tú crees? – pregunto, en busca y espera de una sola respuesta.

Con una amplia sonrisa, contesta mi pregunta.

– Sí. Yo creo en tu humanidad.

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