¿También se fue junto a mis alas blancas y sus alas negras?

“Despiértame cuando este infierno termine” es lo único que dijo, antes de cerrar los ojos.

Y no la puedo culpar. Su rostro se ilumina gracias a las muchas llamas que nos envuelven, aprisionándonos y llevándonos hacia una muerte segura. Kristin apenas puede respirar correctamente.

– Sam, ¿cuánto tiempo de vida nos queda? – dice en un suave jadeo.

– No lo sé – respondo con sinceridad.

Comienzo a jadear yo también. Mi vida también se empieza a apagar. Pero, ¿cuánto tiempo estaremos así, si somos seres inmortales? ¿O nuestra inmortalidad también se fue junto a mis alas blancas y sus alas negras?

Porque, de hecho, ya no somos un ángel y una demonio. Sino simples humanos que están a punto de morir.

– Sam.

– ¿Qué?

Sonríe. Nunca pensé que, incluso en esta situación tan extrema, podría seguir sonriendo.

– No quiero morir.

– Yo tampoco.

Me inclino hasta estar tumbado y poder besarla. Sus labios nunca dejarán de gustarme. En realidad, es imposible que algo de ella deje de gustarme.

Las llamas no se apagan, ni siquiera ahora, que empieza a llover. Fijándome mejor, es como si hubiese un escudo invisible que protege las llamas de las gotas de agua. ¿Es posible que ya esté perdiendo la cabeza, que el humo ya me haya afectado lo suficiente como para imaginarme cosas?

Cierro los ojos, sintiendo los cálidos dedos de Kristin entrelazándose con los míos.

– Sam.

– ¿Qué?

Uno, dos, tres. Su respuesta no llega. Cuatro, cinco, seis.

– Te quiero.

– Y yo. Yo también te quiero.

La beso lentamente, despacio, saboreando el dulce momento. ¿Cómo podría dejar de amarla?

Me pregunto cuándo llegarán las llamas a consumirnos por completo.

– ¿Puedo preguntarte algo? – dice, a lo que yo asiento en silencio, contemplando su rostro -. ¿A dónde va un humano cuando muere?

– No lo sé – digo, encogiéndome de hombros -. Supongo que depende de sus acciones, ¿no? Es decir, si eres bueno, vas al cielo. Y si eres malo, al infierno.

– Ajá. ¿Y a dónde iremos nosotros? – pregunta con una voz firme y segura, aquella voz que tan seguro me hace sentir incluso en los peores momentos – Quiero decir, si nos encontraremos allá donde vayamos.

Sujeto con más fuerza su mano. Es cierto, no había contemplado la posibilidad de ser separados por nuestros pasados.

– Vaya donde vaya, estaré contigo. Y si no lo estás, te buscaré. No descansaré hasta poder dormir a tu lado.

Me besa tiernamente, antes de sentir una llama acariciar mi mano libre.

Finjo que no me duele. No quiero gritar y separarme de sus labios. Porque, a saber cuándo los podré volver a probar.

– Te quiero, no lo olvides. Vayas a donde vayas.

Suena a despedida. Y no quiero que suene a despedida.

Porque, sospecho, ya sabe cuál es su destino. Y también el mío.

– Yo también. Y no dejaré de buscarte, vayas a donde vayas.

Y la beso una última vez antes de ser completamente consumidos por las llamas.

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