Mi vida terminó

Mi vida terminó en una carretera del norte de mi ciudad, una noche de verano estrellada e iluminada por la luna llena que había en el cielo. Cuando solo tenía ocho años.

Yo… mi familia regresaba de unas fantásticas vacaciones en una ciudad de España. Creo que Barcelona. La carretera estaba prácticamente vacía. Pocas almas deambulan a aquella hora.

La música de la radio sonaba en el coche donde viajábamos. Canciones alegres, felices, de esperanza, de superación. Nuestras voces gritaban las letras, sin importarnos lo mal que las entonábamos. Éramos felices.

Una de las farolas que iluminaban la calle se apagó. Recuerdo que lloré. La oscuridad me asustaba mucho. Mi madre comenzó a cantar una nana y en pocos minutos dejé de llorar.

El coche siguió su camino, con música relajante sonando en la radio. Mis párpados comenzaban a descender, cansados. Mi hermano mediano me colocó una manta encima, arropándome. Un calor invadió mi cuerpo y sentí una agradable sensación de seguridad.

Una segunda farola se apagó y me desperté asustada. Observé el paisaje con miedo. Cada vez estaba más oscuro. Y yo le temía mucho a la oscuridad.

Un árbol cayó de golpe en la carretera. Nos pilló por sorpresa, y mi padre, incapaz de actuar con rapidez, chocó el coche contra el árbol. Un fuerte estallido sonó, miles de pedacitos de cristal volaron, clavándose en mi cuerpo. La sangre empezó a manchar el suelo alrededor de los cuerpos de mi familia.

No podía respirar, me faltaba oxígeno. Mis pulmones no parecían llenarse nunca. Unas manos me cogieron, y con lágrimas en los ojos, vi que se trataba de mi hermano, quien lloraba con más fuerza que yo.

Entonces miré a mi alrededor: estaban muertos. Mi madre… Mi padre… Mi hermano… Muertos.

Sus cuerpos estaban entre cristales rotos, entre sangre. Sus ojos ya no mostraban vida, estaban vacíos, apagados. No se movían. No respiraban. Estaban muertos.

Sirenas de coches policía y ambulancias sonaban a gran volumen, sonando cada vez más cerca nuestro. Me asusté. Cuando el primer coche policía llegó, un hombre bajo de estatura analizó los cuerpos de mis padres. “Están muertos” anunció en voz baja.

Otro policía se acercó a nosotros y estudió a mi hermano. “Éste parece estar bien” gritó al aire. Pero su rostro cambió al instante cuando me vio. Seguía sin poder respirar. “La niña… está prácticamente muerta” susurró a mi hermano. Él pareció estar a punto de estallar y llorar. El policía se alejó y llamó a alguien.

En pocos segundos me  metieron en una ambulancia. No entendía qué ocurría. “Sus pulmones están atravesados” explicaba un doctor. Mi hermano no dejaba de llorar. Y fue entonces cuando lo comprendí: me estaba muriendo.

Me durmieron y cuando desperté, oí la voz de un hombre. “Hemos conseguido salvarla”. Lo siguiente que oí fue un sonoro grito de felicidad, de mi hermano.

Mi vida acabó una noche de verano pero volvió a comenzar un soleado día de verano.

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