No la salvaré

Cruzo los brazos sobre mi pecho. Intento no hacerlo, pero no puedo evitar soltar una carcajada: la situación me divierte demasiado.

Daniel suspira, dejando entrever lo cansado que está de mi actitud. En cambio, su hermano Zach permanece callado, evitando el contacto visual conmigo.

Las zorras de las amigas de Elena, Coral y Cassie, no dejan de hablar entre ellas. No consigo adivinar lo que dicen, aunque me lo imagino: estarán hablando mal de mí.

Miro a la derecha, donde un John aburrido me observa. Después de todo lo ocurrido conmigo, no me extraña que todavía sea el único que no me haya dirigido la palabra. No puedo culparle.

Un suspiro a la izquierda hace que descubra la posición de Matthew. No ha cambiado en absoluto (bueno, tampoco se puede cambiar demasiado en solo un año, ¿no?). Sus cabellos rubios, por eso, se han oscurecido un poco.

Y detrás de mí, se encuentra el único chico con el que hubiese querido no encontrarme. Jeremy. Ese chico del cual me enamoré profundamente y tuve que abandonar por culpa de su hermana.

– ¿Y bien? – digo finalmente, harta de oír un silencio incómodo que ya penetraba en mis oídos -. ¿Qué es lo que queréis exactamente de mí?

– Que salves a Elena – dice el bueno y estúpido de Matthew.

Suelto una sonora carcajada, más aguda y fuerte que la anterior.

– ¿Que la salve? ¿De una muerte segura? – escupo las preguntas, sin importarme lo mal que puedan sentarles -. Por favor, no me hagáis reír. Jamás salvaría a la misma mujer que me lanzó por un precipicio buscando mi muerte.

El silencio vuelve a reinar el salón. Doy un trago largo a mi vaso de Bourbon, dejándolo vacío. Sacudo el vaso delante de mí: quiero más.

– ¿Por mí? – pregunta el tonto de mi ex-novio.

– Por ti, aún menos – enfatizo el pronombre.

Daniel me llena el vaso y me siento sobre el sofá de piel que siempre ha habido en este salón. Doy un trago, dejando que la bebida queme mi garganta, que el agradable sabor del líquido empape bien mis papilas gustativas.

– Lo repito – suelto, muy lentamente. El Bourbon ha empezado a hacerme algo de efecto -. Jamás salvaré a Elena. No después de las muchas putadas que me ha hecho.

John, por extraño que parezca, parece alegrarse de mi decisión. Sonríe de una extraña y siniestra manera que me produce un escalofrío.

Termino el Bourbon de mi vaso, pero no pido más. La cabeza me da vueltas y me duele cantidad. ¿Por qué, si no he bebido más que tres vasos?

La extraña idea de que hayan metido verbena se me cruza por la mente.

– Por favor – habla Coral, con esa vocecilla aguda que tanto me irrita -. No… Ya no sabemos a quién más acudir.

– Pues os habéis equivocado conmigo – suelto con desprecio.

Me levanto del sofá, pero un fuerte mareo me obliga a volver a sentarme. ¿Qué me está pasando? ¿Tres vasos de Bourbon y ya estoy tocada? “Me habrán envenenado” cree mi mente.

Sacudo muy despacio la cabeza, intentando no alterarla más de lo que ya debe estar.

Jeremy se sienta a mi lado, como si realmente estuviese preocupado por mi aspecto. Aprieto los puños intentando reprimir un fuerte puñetazo.

– Vamos. No eres mala persona – comienza a decir Zach. Es el menos indicado para pronunciar esas palabras -. La salvarías, por tus viejos amigos.

– Oh, vaya. Así que es eso – digo, acompañando mis palabras de una suave y estridente carcajada -. ¿Creéis que me podéis manipular así? ¿Hacerme creer que todavía sois mis amigos? Vais muy equivocados si creéis que soy así.

De repente, todo el mundo enmudece. Esos murmullos constantes entre ellos, esas palabras mal sonantes que me dirigían de vez en cuando, todo, ha desaparecido. Tan solo si agudizas el oído, puedes oír sus respiraciones agitadas.

– No soy vuestra amiga. Vosotros mismos me disteis con la puerta en las narices. Tú – señalo a Daniel con el dedo -, no salvaré a tu querida novia. Ni a vuestra mejor amiga – señalo a las chicas y a Matthew -, ni a tu ex-novia – Zach se pone nervioso -. Y tú, John, deberías estar más de acuerdo conmigo, pues Elena fue quien mató a tu madre.

John tiembla ante la acusación. Todos, sin excepción alguna, le observan, analizan, en busca de alguna reacción a mis palabras.

No puedo evitar reírme como una loca.

– ¿Elena mató a tu…?

– Sí – corta John, sin querer oír el resto de la pregunta.

La atención está centrada en John, así que, sin el menor ruido, salgo del salón, de la casa de los hermanos DiStefano y, con música en los oídos, salgo de la ciudad.

No soy idiota. No salvaré a la misma persona que me mató y que me transformó en vampiro.

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