Sam

No sé dónde estoy. Ni siquiera sé si estoy sola o acompañada por alguien. No se oye nada más que mi agitada respiración.

Miro a mi alrededor, y entonces un camino de piedras se ilumina delante de mí. Sigo estando sola, pero ahora tengo una razón para avanzar.

Sigo el camino, siguiendo el sendero de piedras de gran tamaño. No sé hacia dónde me llevan, pero continúo moviendo mis pies hacia ese lugar desconocido.

De repente, el camino se oscurece. Chillo, creyendo que voy a caer. Pero no. Tan solo ha desaparecido de mi vista, no de mis pies.

Vuelvo a avanzar, esta vez a tientas. Y, sin previo aviso, una luz cegadora llena el lugar y delante de mí aparece Sam colgado de unas cadenas que caen de algún techo que no llego a ver.

Grito. Grito su nombre, una y otra vez. Pero no responde. Y entonces me fijo en su abdómen, ensangrentado, con tres cortes limpios. La sangre de mis manos… es su sangre.

Corro hacia él, pero tengo la sensación que por más que corro hacia su cuerpo que parece inerte, más me alejo de él.

Vuelvo a gritar y aparece alguien. Está demasiado lejos como para adivinar de quién se trata. El desconocido saca una daga de debajo de su larga gabardina y la dirige hacia Sam.

Grito con todas mis fuerzas, deseando que Sam despierte, que intente evitar la daga que, seguro, se clavará en su cuerpo. Pero Sam sigue sin dar señales de vida.

El desconocido sonríe, mostrando una hilera de dientes puntiagudos. Me ve, me observa detenidamente, antes de reír diabólicamente. Su risa resuena en el lugar, atronando en mis oídos. Me dice algo, pero hay tanta distancia entre nosotros que no puedo entender qué dice.

Y, sin avisar, clava la daga en el cuello de Sam. Las lágrimas caen a chorros de mis ojos. Grito, corro, pero ni mi voz sale de mi garganta ni mis pasos me llevan hasta Sam.

Su cuerpo sin vida cae al suelo. El desconocido lo suelta de las cadenas y, una vez que está a sus pies, lo atormenta a patadas, hasta que descubro que su intención es tirarlo por un acantilado de rocas puntiagudas.

Intento volver a correr, acercarme a ellos e intentar ayudar a Sam de alguna manera. Pero jamás llego al sitio. El desconocido ya ha llegado al acantilado cuando se gira para comprobar que sigo observando. Y una vez lo ha hecho, arroja a Sam por el acantilado, dejando que caiga.

Me derrumbo al suelo, Las lágrimas siguen saliendo de mis ojos, empapando mis mejillas.Grito una vez más su nombre, vuelvo a gritar. Pero sé que ya no hay nada que hacer.

Sam ha muerto, y, lo peor de todo, es que yo he permitido que eso ocurriera.

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