Yo lo llamo deseo

Elísabeth me dijo que me alejara de Caleb. Que él no me traería nada bueno. Tonta de mí, que no la escuché y me acerqué a las brasas del fuego de Caleb.

Marc me repitió las mismas palabras que Elísabeth, y volví a no escucharlas. Seguí acercándome a ese fuego que tanto me atraía.

Y, como ocurre con todos los fuegos, me quemé.

Caleb no era el príncipe azul que yo tanto busqué. Por más que me empeñara en pensar en que él podía cambiar, en que podía quererme. Caleb jamás me querría a mí del mismo modo en que yo lo quería a él.

Caí en las brasas, en las llamas que Caleb me ofrecía. Caí en el placer que él me proporcionaba, y no quise alejarme de él. Nunca.

Pero el cielo no siempre estuvo despejado. Un día se ennegreció, y ya no volvió a salir el sol. El placer cada día iba disminuyendo, hasta convertirse en dolor. Un dolor del que me fue imposible escapar.

Me ayudaron. Mis amigos, Marc y Elísabeth, consiguieron sacarme del ático de Caleb. Consiguieron alejarme de él y separarme de todo el dolor que había estado sintiendo.

Me marché de la ciudad. Dejé Madrid atrás, con la esperanza de olvidarlo todo, de olvidar a Caleb y el daño que me hizo.

Pero, ahora, cinco años después, estoy delante de la puerta de su ático.

Algunos lo llaman amor. Otros, obstinación. Yo lo llamo deseo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s