Quizás el verdadero asesino no era yo

A veces tengo pesadillas, paso noches en vela sin poder conciliar el sueño por culpa de los recuerdos de aquel día de invierno. Aparece sangre, un cuerpo sin vida, una pistola cayendo al suelo y alguien huyendo del lugar.

Era invierno, finales de diciembre, faltaban pocos días para Navidad. Yo me encontraba en la cocina preparando un café cuando me llamaron. Cogí el teléfono y una voz áspera me comunicó que debía acudir a juzgados a la mañana siguiente.

Al día siguiente rebusqué en mi armario ropa elegante y apropiada que ponerme. Opté por olvidarme de la elegancia y acabé vistiéndome con una camisa de cuadros azules, unos vaqueros ajustados y unas botas altas. Me miré en el espejo de cuerpo entero e imaginé que el juez no aprobaría mi vestimenta. Y me dió igual.

Salí a la calle y me ajusté la chaqueta de cuero que decidí ponerme para combatir el frío. Me acerqué a la parada del autobús y miré los horarios del número seis. Le faltaban quince minutos, así que saqué mi reproductor MP3, conecté los audífonos y viajé a mi propio mundo.

El autobús llegó lleno de gente. Subí y me senté delante de un niño pequeño, de unos siete años, y su madre. Supongo que la madre se hartó de los berrinches de su hijo, pues se puso unos auriculares y comenzó a leer el periódico de ayer. El niño me miraba fijamente, analizándome detenidamente. Yo intentaba no mirarle, de no seguirle el juego, pero me pareció imposible apartar la mirada de esos ojos azules mar y asustados. Eran fascinantes, demasiado cautivadores. Seguramente se hartó de observarme, pues apartó la mirada, fijándola en la ventana.

Bajé en mi parada, Harley Street, y apagué el MP3, dejando por la mitad una de mis canciones favoritas. Lo guardé en el bolsillo derecho de mis vaqueros y entré en el edificio.

Una mujer mayor me pidió mi identificación. Saqué la cartera y le mostré mi DNI y mi número, 21072054. Apuntó algo en su ordenador y llamó a su superior. “Señor Smith, la número 21072054 ya ha llegado”. Intercambiaron un par de palabras más y me señaló la sala de espera.

Quizá fue porque era primera hora de la mañana, pero la sala de espera estaba prácticamente vacía, Los conté, sólo cinco personas habitábamos la sala. Antes de sentarme me dirigí a la máquina expendedora y compré un bollo pequeño relleno de crema. Tiré el envoltorio a la papelera y me senté en una silla cualquiera.

Una muchacha me miraba, con ojos llorosos y cuerpo tembloroso. Casi sollozaba, y aquellos sollozos intranquilos y flojos me estremecieron. Supuse que sería su primera vez en el lugar, y estaría muy nerviosa.

Unos hombres trajeados y con maletín pasaron delante nuestro. Uno de ellos hablaba por teléfono, y parecía realmente enfadado. Decía cosas gritando, agitando el brazo con el que sujetaba el maletín. El otro leía unos papeles en voz alta. No entendía lo que decía, y en pocos segundos sus voces desaparecieron por completo. La muchacha tembló con más fuerza que antes.

Una voz de mujer sonó con fuerza. “21072054, diríjase a la puerta 3A06, sala de juzgados de John Smith”. Terminé de engullir el bollo, alisé mi camisa y entré en la sala 3A06, con el objetivo de enfrentarme, una vez más, al juez John Smith.

El juez ni siquiera me miró cuando entré. Leía unos papeles con muchas ganas. Me quité la chaqueta y la coloqué en el respaldo de mi silla. Alguien carraspeó y al instante el juez dejó los papeles y me miró intensamente. Me encogí de hombros y miré la sección de la defensa. Nunca entendí qué hacía esa gente ahí, cuando nunca me han defendido.

Un hombre entró en la sala y todos los presentes se levantaron de sus asientos. Yo nunca fui respetuosa, así que ni siquiera le miré. Murmuró algunas palabras entre dientes y se sentó en su tribuna, indicando que los demás se sentaran en sus sitios.

Me miró y dio tres palmadas. Una puerta se abrió y entró la muchacha de antes y se sentó en el asiento de la defensa. Temblaba con mucha fuerza, y mostraba un rostro húmedo y ojos rojos. “Menuda defensa” pensé al instante. El juez empezó a hablar, nombrando mis datos personales lentamente. “Es acusada de asesinar a Peter Banks con un arma blanca”. Desconecté inmediatamente. “Genial” pensé “otro asesinato que me atribuyen así por las buenas”.

El juez siguió comentando los detalles sobre la muerte de Peter Banks y, cuando terminó, me miró con una desagradable sonrisa en su rostro. “¿Cómo se declara la acusada?”. No vacilé al responder. “Inocente, Smith”. Carraspeó y su sonrisa se borró por completo. “Tenemos pruebas que demuestran que usted cometió el crimen”. Inflé mis mejillas y solté el aire lentamente. “¿Y qué pruebas son esas, si soy inocente?”.

La muchacha fue señalada y dejó de temblar. Me miró un segundo y tragó saliva. “Jeanin Perks la vio cometer el asesinato”. Jeanin se levantó mientras una lágrima resbalaba por su rostro. “Yo, Jeanin Perks, de 30 años, número 15092076, estoy aquí para declarar…”.

Se hizo una larga pausa, sólo sonaba la máquina de escribir a toda velocidad.

“Declarar que ella no cometió el crimen. Fui yo”.

Una gran exclamación resonó en la sala. Ahogué un grito de sorpresa. Nadie en años me había defendido, y mucho menos confesar un crimen.

Dos policías se llevaron a Jeanin de la sala y a mí me dejaron en libertad por faltas de pruebas. Salí de ahí con la única idea de hablar con Jeanin sobre lo ocurrido.

Cuando llegué al callejón donde los policías se la llevaron, temblé de miedo.

La estaba atizando con látigos. Ella gritaba con fuerza, sangraba. Uno de los policías sacó su pistola y apuntó. “¿Acaso no conocías el juego?”. Su voz sonó arrogante pero divertida a la vez. “Sólo tenías que acusarla del delito”. Apretó un poco el gatillo, sin llegar a disparar. “Ese era el juego”, sonrió de manera aterradora. “Y has perdido”.

Y disparó.

Ahogué un grito mientras la vida de Jeanin se apagaba por completo.

Un juego. Todo era un juego.

Jugaban con las debilidades de la gente, las amenazaban con matarlas si no mentían y me acusaban de falsos crímenes.

Pero Jeanin fue diferente. Mintió para salvarme, arriesgando su propia vida hasta el punto de morir. Los policías se alejaron de Jeanin, dejando su cuerpo muerto allí tirado. Me acerqué y acaricié la sangre que había en el suelo, manchando así mis dedos.

Me alejé del lugar, queriendo marchar muy lejos de ahí, deseando desaparecer y empezar en cualquier otro lugar. Subí al autobús y encendí mi MP3, desconectando por completo de ese mudno absurdo, patético y cruel.

No era el primer muerto que veía. Yo misma había matado a gente. Pero la situación, el cómo la habían matado, el cómo habían jugado con ella. Todo me resultaba demasiado horrible como para pensarlo. ¿A cuántos habrían matado de esa manera?

Y entonces, pensé, que quizás el verdadero asesino no era yo.

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