Un acto de valentía

Una lenta melodía sonando de fondo mientras sus manos me agarran las muñecas para, posteriormente, mantenerlas en alto.

Mi cuerpo levemente arqueado, dejándolo a su completa disposición. Sus labios besando suavemente mi cuello. Despacio. Lento. Apasionado.

– Oh, vamos. ¿Una película sensiblera? Paso de acompañarte a ver eso.

– Ya, ¿y qué sugieres, eh? La cartelera no está especialmente rica en películas buenas.

Discutiendo. Como siempre. Derek y yo apenas sabíamos hacer otra cosa. Pero nos gustaba. Nos gustaba discutir incluso a altas horas de la madrugada por las tonterías más grandes.

Y en aquel momento era por una película.

– Podríamos ver Ataque sangriento.

– Podríamos… pero no.

No nos poníamos de acuerdo con qué película ver en el cine. Romántica, sangrienta, de miedo, aventuras. Tantas posibilidades que costaba decidirse. Al final se resolvió de la forma clásica.

– Un trato. Por la mañana veremos la mía. Y por la tarde, la tuya.

Sonrió, con su característica sonrisa ladeada a la izquierda. Una sonrisa que siempre que contemplaba en su rostro, me enamoraba un poco más.

– Uy. Sin darnos cuenta, hemos llegado a tu casa, Valeria.

Abrí la puerta del bloque de apartamentos y nos despedimos con dos besos.

– Nos vemos mañana.

– Hasta mañana.

Su ropa desprendiéndose de su cuerpo. La mía cayendo al mismo sitio.

Besos repartidos por toda mi piel. Suspiros saliendo de mis labios.

– ¿Compras tú las entradas y yo las palomitas?

– Me parece bien.

Nos separamos, cada uno por su camino. Me dirigí al puesto de comida. Dos paquetes medianos de palomitas y dos refrescos de Coca-Cola pequeños.

Un beso rápido en la mejilla me advirtió de la presencia de Derek detrás de mí. Cambio de planes. Su película por la mañana y la mía por la tarde. Pero tampoco me importó demasiado. Lo importante era disfrutar del día.

– ¿Entramos? – preguntó, con aquella voz que tanto me gustaba.

– Entremos.

Nos adentramos a la oscuridad de la sala número siete, donde mucha gente esperaba ansiosa la película Ataque sangriento.

Nos sentamos en nuestros sitios, en la última fila en medio. Nadie más había allí. Me sentí ligeramente aislada. Y aquella sensación me resultó reconfortante.

Caricias que se reparten por mi cuerpo. Besos que reparto por su torso.

Arañazos formándose en nuestras espaldas.

– Tienes que reconocerlo. ¡Ha estado genial!

– Sí, claro. Por eso he estado con el teléfono todo el rato.

No, la película había sido genial, sin duda. Llena de acción, matanzas. Una película genial. Pero no iba a ceder. No pensaba reconocer que me había encantado. No delante de él.

– ¿Dónde te apetece comer? – preguntó, cambiando de tema.

– ¿Qué te parece aquella cafetería? – dije, señalando el lugar.

Derek se encogió de hombros y nos dirigimos allí. Un bocadillo de atún para él y uno de queso para mí, acompañado de un café con leche.

Me fijé en lo ceñida que le quedaba aquella camiseta negra, por debajo de su chaqueta de cuero, obviamente también negra. Me mordí el labio instintivamente, y no dejé de morder hasta que sentí el sabor metálico de la sangre.

– ¿Por qué te muerdes siempre tan fuerte?

– Nada. Estaba nerviosa. No hagas ni caso.

Pero no iba a cambiar nada con mis palabras. Sabía qué venía a continuación: Derek preparando una gasa con un poco de Betadine y dispuesto a curarme la herida del labio. Le dejé hacerlo, como otras tantas veces. Sus dedos me provocaban cosquillas sobre la superficie de mis labios. No pude evitar sonreír.

– En serio. ¿Acaso te va el masoquismo? ¿Hacerte daño por placer?

– ¡Oye! Sencillamente me he mordido un poco más fuerte de lo debido.

Suspiró como única respuesta a mi ya monótona frase. Se la conocía a la perfección. Siguió curando la herida con tal suavidad que parecía imposible.

Sus manos en mi cintura, mis manos en su espalda.

Besos antes de la primera estocada.

– ¿Seguro que ya no te duele el labio?

– Qué pesado. Que no, no me duele.

Incluso después de sentarnos en nuestros asientos para ver mi película, siguió insistiendo en cómo me encontraba. Derek era de los que se preocupaban por cualquier tontería.

– Dios, estoy lleno. No debería haberme zampado ese enorme bocadillo.

– Si es que ya te lo había dicho…

Suspiré y la película comenzó. Las primeras imágenes de Buenos días, princesa empezaron a reproducirse en la gran pantalla. Sin embargo, mi mente solo podía recordar el contacto de sus dedos sobre mis labios, intentando curar una herida que casi siempre que quedaba con él, me provocaba.

Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Pierdo la cuenta a la sexta estocada.

Un río de sentimientos y emociones resbalando por nuestros cuerpos, acompañados del sudor.

– Nunca más me convencerás para ver una película así.

– Asúmelo. Te ha gustado. ¡Si he visto cómo cogías un pañuelo para secarte las lágrimas!

El pañuelo en cuestión seguía guardado en su chaqueta de cuero, esperando para ser tirado a alguna papelera. Fue extraño ver cómo Derek se emocionaba por una tontería así. Y lo único que podía hacer era sonreír.

– Dejémoslo, ¿vale? Hemos llegado a tu casa.

– Hostias, es verdad.

Saqué las llaves para abrir la puerta. Pero entonces pensé, la tarde no ha terminado todavía. Lo invité a entrar. Y él aceptó.

Subimos por las escaleras, a pesar de que para llegar a mi piso teníamos que subir veinte plantas. Doscientos escalones.

– ¿Te apetece un café? – pregunté, abriendo la puerta de mi apartamento.

– ¿Por qué no?

Nuestros cuerpos sobre un colchón que desciende y asciende junto a nuestros movimientos.

Besos, caricias. Estocadas.

El café fue en mi habitación, sentados sobre mi cama de sábanas azules como el cielo. El colchón bajó debido a nuestro peso.

– ¿Cómo te gusta más? ¿Solo o con leche?

– Ambas formas.

Aquella noche decidí que sería a partes iguales. La misma cantidad de café que de leche. Derek se lo tomó solo, con una cucharada de azúcar.

Empecé a sentirme nerviosa; quién sabe cómo terminaría la noche. Y yo había dejado pasar a esa bestia incontrolable a mi apartamento.

– Solo es mucho mejor. Se degusta de manera más satisfactoria.

– No estoy de acuerdo.

Me dedicó una amplia sonrisa ladeada, como siempre, a la izquierda. Me volví a sentir atraída por ella. Y era extraño. Hasta la fecha nunca me había sentido atraída hacia nada que le perteneciera.

Desde luego, el discutir constantemente me había empezado a cambiar.

– ¿Alguna vez nos hemos puesto de acuerdo, tú y yo?

– Rara vez, si lo hemos estado.

Estocadas. Estocadas. Orgasmo.

Gritos que resuenan en la oscura habitación donde nos encontramos.

– Muy bueno. Debería preguntarte por la marca de tu cafetera.

– Pues, vía libre. Ya me dirás cuál es.

Me besó. Agarró mi nuca con posesión y me besó, tan profundamente que me faltaba el aire. Sus labios sabían a amargo café. Y no me importó.

Seguíamos en mi habitación. Seguíamos sobre el colchón. Adiós a las ropas. Adiós a las vergüenzas. Adiós a cualquier sentimiento de culpabilidad. Hola al amor, que se hacía paso por nuestras mentes y corazones.

Ropas regresando a su antigua posición. Un último beso antes de verle marchar.

Y las últimas notas de Can’t fight this feeling suenan en la radio, finalizando nuestro mayor acto de valentía.

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