Una presión imposible de soportar

Subí a toda prisa las escaleras del hogar y entré en el salón principal, donde un Dave claramente frustrado y un John con una taza de té entre sus manos me recibieron. Sin esperar nada, exclamé, casi eufórica:

– ¡Lo he resuelto!

Dave fue el primero en alzarse de su silla y ponerme una cara que aterrorizaría al más valiente de los hombres.

– ¿Cómo vas a resolver algo tan complejo, teniendo el cerebro tan minúsculo que tienes ahí dentro? – puso su índice sobre mi frente, haciendo presión -. Ya sabes que intento no ofenderte nunca, querida. Pero eres realmente estúpida.

John se levantó del sillón, dejando la taza de té sobre la mesa y se acercó a nosotros con paso ligeramente lento. Con los labios silenciados pronunció un Lo siento, a lo que yo respondí con una sonrisa.

– Pues la estúpida ha resuelto el caso, cielo – Dave sacudió sus rizados cabellos con manos nerviosas -. No es tan complicado si te paras a analizar todos los detalles.

– ¡Oh, cállate!

Aquella exclamación hizo temblar levemente a John. Se removió inquieto mientras ambos veíamos como Dave regresaba a la mesa, volviendo a inspeccionar las imágenes que tantas veces tanto él como yo habíamos analizado.

John me cogió de la muñeca y me arrastró hasta la cocina, un gesto que llevaba haciendo conmigo mucho tiempo.

– Oye, siento mucho su comportamiento. Ya sabes cómo es.

– Tranquilo. Lo sé.

Por experiencias pasadas me hubiera marchado de la cocina en ese mismo instante. Pero permanecí allí, mirando fijamente los ojos grises de John, mirando cómo sus labios temblaban de forma casi imperceptible.

Y él hacía lo mismo conmigo. Parecía analizarme de arriba a abajo, en busca de nuevas cosas que observar.

– Debería irme. Tengo cosas que hacer…

– Oh, por supuesto.

Me abrió la puerta de la cocina y me acompañó hasta la calle. Allí el frío se apoderó de mi cuerpo, penetrando hasta los huesos. Me abroché el abrigo lo mejor que pude e, igual que había ocurrido en la cocina, John y yo nos quedamos durante un par de minutos observándonos. Era una sensación extraña. Pero me gustaba que sus ojos grises recorrieran mi cuerpo.

– Bueno, debería…

– Sí, claro.

Dos minutos después no podía seguir soportando la presión a la que estaba sometiendo mi mente y corazón. Lo agarré de la nuca y lo besé, larga y lentamente. El frío parecía desaparecer a medida que el beso se profundizaba. Casí podía sentir calor.

Nos despegamos por falta de aire y el calor que invadía todo mi cuerpo se desplazó hasta quedar en mis mejillas, que enrojecieron de forma visible. El frío volvió a penetrar por mi chaqueta hasta encontrar mi piel.

John jadeaba, algo desconcertado por la expresión facial que había en su rostro. Y, para qué negarlo, yo también me sentía sorprendida por mi propia iniciativa.

Torpemente me despedí con un patético adiós y me marché corriendo de aquella calle, con el rostro encendido y mi mente activada. Sabía que regresaría mañana, y no solo para restregarle a Dave haberle vencido una vez más.

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