La ciudad que nunca duerme fue testigo de su amor

Dicen que la ciudad de Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Miles de personas caminaban por sus calles a pesar de ser ya pasadas las doce y media de la noche.

La mayoría de los comercios todavía permanecían abiertos al público, y la gente aprovechaba hasta el último segundo para comprar.

Desde lo más alto del Empire State, desde la azotea, el ángel Castiel contemplaba la escena con aire distraído, casi aburrido por lo que veía.

Los ángeles superiores le habían enviado al terreno de los humanos para buscar a un demonio que de la nada había llegado a Nueva York y ya había causado alguna que otra catástrofe.

Pero la única razón por la que Castiel aceptó el pequeño trabajo de atrapar o como mínimo concienciar al demonio, fue porque ya lo conocía de miles de años atrás. Conocía y estaba completamente enamorado de ella.

Caterina, la única demonio que había conseguido traspasar las barreras y fronteras de su corazón.

Y ahora, después de más de doscientos años sin verla, estaba ansioso por poder volver a aspirar su aroma, escucharla y besarla.

Una suave brisa sopló detrás suyo, moviendo así su larga gabardina de color marrón claro. No tuvo la necesidad de girarse para saber que no estaba solo; Caterina le acompañaba.

Una tonta sonrisa se instaló en su rostro. Y, para su fortuna, seguía girado y así Caterina no pudo verle. Si la demonio le veía sonreír, sería su perdición.

– ¿Ya vuelves a las andadas, Caterina? – preguntó sin inmutarse.

El corazón le daba mil vueltas cada vez que sentía que respiraba.

Ella, con la misma parsimona que tanto la caracterizaba, habló despacio, sin intención de correr.

– Ya me conoces, Castiel. No me gusta pasar los siglos sin hacer nada productivo.

Una música estridente comenzó a sonar y Castiel aprovechó ese instante para girarse y encararse a la demonio. Sin embargo, borró su sonrisa de su rostro antes que Caterina pudiera verla.

El corazón del ángel dio un vuelco más cuando la vio, allí, delante suyo. No la recordaba tan bella como lo estaba ahora. Si fuera posible se hubiera enamorado un poco más de ella.

– Mis superiores me han ordenado que detenga al demonio culpable de las recientes muertas ocurridas en Nueva York.

Hizo una corta pausa para coger el aire suficiente para continuar hablando.

Antes, la voz le había temblado notablemente. No quería que le volviera a suceder. Inspiró hondo y continuó.

– ¿Serás un buen demonio y abandonarás Nueva York sin cometer más maldades?

Ni él intentó sonar amable ni ella quiso mostrarse amigable.

Caterina sonrió, malévolamente, con los labios curvados hacia la izquierda. Igual que llevaba haciendo desde que se conocieron.

– ¿Cuándo he obedecido yo a un ángel?

Castiel no pudo evitar sonreír. A pesar de las circunstancias se sentía infinitamente feliz.

Y aunque no fuera lo adecuado, le hubiera gustado detener el tiempo y permanecer así para toda la eternidad.

– Lo que más me intriga a mí es si alguna vez has obedecido a alguien.

La malévola sonrisa de la demonio desapareció por completo para dejar paso a una amable y perfecta sonrisa de dientes blancos como las alas de Castiel.

Entonces Castiel descubrió que sí podía enamorarse más de Caterina. Acababa de hacerlo.

– Sí que hubo una época en la que obedecí a alguein – dijo, acercándose a la barandilla para luego inclinarse y contemplar la ciudad que se movía allí abajo -. Qué perfección, Nueva York.

Las manos del ángel y la demonio se rozaron en múltiples ocasiones. El ángel tuvo que hacer múltiples esfuerzos por no estrechársela entre sus dedos.

– Obedecí y sucumbí a mi más grande amor. Mi ángel – ambos giraron sus rostros para quedar encarados -. Mi Castiel.

De nuevo Castiel tuvo que hacer esos grandes esfuerzos para no descontrolarse, agarrarla por la nuca y besarla hasta el fin del mundo.

Tuvo que reprimir sus deseos, pues sabía perfectamente cómo los demonios juegan con los sentimientos de los demás seres.

– Y ahora, si me lo permites, me marcho a cometer locuras.

Caterina se alejó de la barandilla, pero Castiel, sin intención de dejarla marchar, la asió de la muñeca y la atrajo hacia sí, girándola y así consiguiendo juntar tanto sus cuerpos que sus narices se tocaron.

– ¿Qué tipo de locuras, Caterina?

La demonio se soltó del agarre del ángel y quedó completamente encarada a él. Levantó sus manos y las situó en la nuca de Castiel. Se puso de puntillas y lo besó. Porfundamente. Suavemente. Dulcemente.

Castiel hubiese detenido el tiempo si eso hubiera sido posible. Hubiera degustado eternamente esos labios que tan loco le volvían. Hubiera acariciado eternamente ese cuello que ahora sus dedos recorrían. La hubiese amado eternamente.

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