Su última expiración

Destrucción. No veía nada más a mi alrededor. Como si un fuerte huracán hubiese decidido visitar la casa que no volví a pisar desde los cinco años.

Ni rastro de mi madre o, al menos, del recuerdo de una mujer de cabellos canosos y labios siempre atrapando un cigarrillo, un recuerdo que mi yo de cinco años retuvo y se niega a soltar.

Todo estaba desordenado. Nada de lo que recordaba permanecía en su sitio. O tal vez era yo que me empeñaba en recordar aquella casa como un hogar, cuando la descripición más acertada para ella sería el mismísimo infierno.

Analicé todos los rincones del lugar, en busca y captura de algo que pudiera darme pistas sobre el paradero de mi madre. Pero no había más que devastación, botellas vacías de todo tipo de alcohol, colillas a medio terminar y drogas cualquieras. Tal vez aquello sí había sido mi verdadero hogar y mi mente se persistía en embellecer recuerdos que eran imposibles de arreglar.

Un gato a media descomposición apareció ante mí. Un hedor insoportable se instaló en la estancia y casi sentí la tentación de huir. Casi. Todavía necesitaba ver a mi madre y pedirle explicaciones sobre el abandono de su propia hija, trece años atrás.

Y en su aposento favorito, su habitación, encontré lo que menos hubiera esperado encontrar: una nota de suicidio.

El tabaco. Las drogas. El alcohol. Todo aquello había acabado con su vida, como yo me imaginaba que sucedería. Se había quitado la vida lentamente, a base de productos peligrosos. Se había matado.

Pasaron los años y jamás me atreví a abrir la nota, a desdoblarla y leer su contenido. Prefería que sus últimas palabras antes de la visita de la muerte quedaran en el olvido, para siempre.

Llevaba el papel a todas partes. Me hacía creer la extraña idea que me acompañaba a cualquier sitio al que yo fuera. Me hacía creer la absurda ilusión que mi madre seguía viva.

Nunca tuve el valor de leer su último suspiro porque temía que si lo hacía la mataría para siempre, que después de terminarla ya no habría nada para retenerla en mi cabeza.

Y allí, siempre en un bolsillo de mis pantalones, llevaba la última expiración de mi madre.

“Mi querida Talia,

No puedo, después de trece años, siquiera perdonarme el haberte dejado en aquel orfanato. Pero no podía seguir teniéndote a mi lado. De lo contrario, te hubiera hecho demasiado daño.

Las drogas y el alchool. Me están consumiendo demasiado, y no quería que te criaras con un monstruo como yo. Espero haber conseguido eso.

No me queda tiempo. El cáncer está apoderándose de todo mi ser. Pero, incluso ahora, agonizando por todo el dolor que estoy sintiendo por culpa de mi enfermedad, tengo una cosa muy clara.

Y es que te quiero. Que jamás me perdonaré el haberme alejado de ti. Que jamás me perdonaré el daño que te hice cuando todavía estabas conmigo. Que jamás me perdonaré no contarte toda la verdad.

Te quiero, ahora y siempre. Y que, aunque la muerte se lleve mi cuerpo con ella, mi alma siempre estará a tu lado.

Te quiero, Talia.

Mamá”

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