Yo tengo colmillos

Arrastró a Allison hasta el baño de mujeres del instituto. Las lágrimas caían por su rostro, a borbotones. Pero tampoco sabía qué otra cosa hacer.

– ¿Qué ocurre? – gritó Allison cuando por fin se liberó del agarre de su captora.

– ¿Que qué ocurre? ¡Que qué ocurre, pregunta! – exclamó entre sollozos y más lágrimas.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lloró con tanta intensidad? ¿Trescientos años, tal vez?

Se apoyó en el mármol que rodeaba el grifo de agua. Todo su cuerpo se sacudía, preso de unos nervios incontrolables.

Sintió la fina mano de Allison presionarle el hombro derecho, en un intento de tranquilizarla. Pero Allison no podía tranquilizarla. Ella no.

– Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad, Talia?

Aquello ya era el colmo. ¿Confiar en Allison? ¿De verdad? Ni en sus peores pesadillas lo haría. No después de lo sucedido.

– ¿Qué le habéis hecho? – preguntó secamente.

– ¿Qué? ¿A qué te refieres?

Las lágrimas se habían agotado, ya no le quedaba más agua que expulsar. Y en aquel momento se giró y se encaró al mismísimo diablo, aunque éste todavía no supiera su verdadera naturaleza.

– Stiles. Entró en mi habitación con un ojo morado, sangre seca en el labio superior y varios rasguños por el resto de la cara.

Allison titubeó. Porque, por supuesto, sabía de qué le estaba hablando su amiga.

– Pero eso no es lo peor, ¿sabes? Lo peor de todo es que, un poco más arriba del estómago, tenía un profundo corte, de muchos centímetros.

A Allison se le daba genial el teatro. Por eso, interpretó un pequeño grito de sorpresa, de miedo. Pero para Talia aquel grito sonó totalmente diferente. Sonó igual que cuando se atrapa a un culpable in fraganti.

– Y, continuando con lo peor de todo, es que el corte ha sido efectuado por un cuchillo que pertenece a la familia Sheridan. ¡Oh, vaya por Dios! ¡Si esa es tu familia!

Allison ya no quiso fingir. Por supuesto que conocía el hecho de que el novio de una de sus mejores amigas estuviera herido, y no le sorprendía en absoluto que hubiese sido un miembro de su familia.

– Talia. Te juro que yo no tengo nada que ver.

– No he dicho que hayas sido tú.

En las palabras pronunciadas por la vampiro había una amenaza.

– Pero si averiguo quién ha sido y, además, que tienes algo que ver, mataré al culpable y también te mataré a ti.

Con un rostro húmedo y ojos inyectados en sangre a causa del llanto, Talia esbozó una amplia sonrisa amenazadora. Allison tembló. La sonrisa había cumplido su propósito.

– ¿Sabes que tengo una ballesta, verdad? Y todo tipo de armas, ¿cierto?

Girándose, dispuesta a marchar, Talia empezó a caminar hasta la salida del baño. Y entre el grifo de agua y la puerta, pronunció:

– Pero yo tengo colmillos.

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