El mensaje del espejo

Seis años después de la expulsión de su cáncer de pulmón, Talia se armó de valor y regresó al hospital donde estuvo ingresada para recuperar las pocas pertenencias que se dejó olvidadas la última vez que durmió allí.

A su lado, Isaac le agarraba la mano con firmeza. Quería, aunque fuera sin palabras, transmitirle a su novia que no estaba sola, que afrontarían lo que fuese juntos.

Entraron en la habitación, y para Talia todo parecía igual que años atrás: la mesilla de noche en el mismo sitio, las sábanas igual de bien planchadas, la televisión a la misma altura, el famoso olor a antiséptico tan penetrante como antaño… Sólo encontró una diferencia, algo que on estaba la última vez: en la ventana habían colocado una reja, unos barrotes que impedían una caída de cinco pisos hacia el vacío.

Recordó la noche en que saltó, en busca de una muerte segura. Fue su segundo intento de suicidio. El primero fue la noche anterior. Despertó en la misma habitación, con casi todos sus familiares a su alrededor, unos llorando y otros no.

– Por un momento me sentí culpable, ¿sabes?

Isaac se sorprendió de oír la voz de su novia, después de horas en silencio. Pero no dijo nada. Apretó un poco su mano contra la suya y le dejó proseguir.

– Pensé en lo horrible que era, que cómo podía estar haciéndoles eso. Me sentí como un monstruo que, sin poderlo evitar, siempre hace las cosas mal.

La abrazó con suavidad cuando observó que empezaba a llorar. Se sentía fatal por no poder hacer nada más que estrecharla entre sus brazos. Se secó las lágrimas y continuó.

– Pero luego me dije: “¿Y qué más da, ser un monstruo, si ya estaré muerta?”. Yo quería morir, y creía que no importaría lo que sufrieran mis padres y demás. Ya no estaría para verlo.

Seguían abrazados, él intentando proporcionarle toda la fuerza necesaria. Ella suspiró y se alejó de su novio para comenzar a recoger todos aquellos objetos que no se llevó la última noche.

– ¿Qué motivos tenías, cuando lo intentaste?

La pregunta era osada, atrevida. Pero no recibió ninguna mirada de reproche o de desaprobación. Al contrario, recibió una sonrisa triste incrustada en su bello rostro.

– En realidad, no lo recuerdo con exactitud. Supongo que el cáncer me comió la cabeza y quise desaparecer del mundo.

Isaac asintió lentamente, escuchando con detenimiento la respuesta de la chica. Él nunca lo había intentado, jamás había estado tan desesperado. Pero no podía juzgarla: no conocía toda su historia.

Todos los objetos ya estaban guardados en distintas bolsas cuando Isaac hizo amago de marcharse del lugar y Talia le agarró de la muñeca, evitando así que abandonara la habitación.

– Espera. Quiero enseñarte algo.

Juntos se dirigieron al baño. La estancia era exactamente idéntica a los demás baños del hospital, salvo por una clara y destacada diferencia, una que sorprendió a Isaac de manera notable.

– Tenía diez años cuando lo hice. Dos minutos antes de abrir la ventana.

Ahora, seis años después, le parecía casi una anécdota, algo irreal que parecía un sueño. ¿Cómo era posible que una niña de diez años hubiese escrito algo así? Era imposible.

– Mi madre me dejó todo tipo de maquillaje. Me dijo que sería una buena manera de evadirme del mundo.

Isaac, sin embargo, permanecía ajeno a la explicación. Estaba ensimismado en el mensaje del espejo.

– Cogí el pintalabios más rojo del kit de maquillaje. Quería dejar unas últimas palabras, un último suspiro. Y qué mejor color que el rojo, como la sangre.

En aquella ocasión sí escuchó a Talia. Giró su rostro para mirarla y se preparó para abrazarla por si volvía a llorar. Aunque no lo hizo.

– Es… poético, supongo.

Una risilla escapó de la boca de la chica. Poético. Miró otra vez el rojo sobre el cristal. Sí, tal vez era poético, aunque aquella noche, más que poesía, le había parecido una nota de suicidio, una despedida.

– Supongo. Jamás lo había visto así.

Se quedaron dos minutos admirando aquel mensaje que dejó una niña de diez años una noche sin luna y sin estrellas. Una niña que murió aquella noche y a su vez renació otra.

– Bueno. ¿Marchamos?

Isaac tardó tres segundos en reaccionar. Le apretó sin mucha rodeza el hombro y le ayudó con las bolsas. Abandonaron el hospital y enfilaron camino hacia su casa.

Pero Isaac no podía apartar de su mente el espejo manchado de rojo. El mensaje le había impactado.

Y es que, en el espejo, con una letra grande y de estilo antiguo, estaba escrito:

Anoche le rogué a la muerte que me llevara con ella, que me dejara cerrar los ojos para siempre. Pero no me oyó, la muy cabrona, y me dejó vivir más tiempo del que yo quería.

Pues ahora, cabrona, me vas a llevar contigo. Anoche era por las buenas. Ahora será por las malas”.

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