Secretos ocultos

Allie se sentó en un banco alejado del instituto. Todo el mundo parecía dispuesto a bombardearle la cabeza con falsas acusaciones y preguntas fuera de lugar.

Una sombra la sobresaltó y comprobó que se trataba de Carter, el chico que tanto la atosigaba y atormentaba desde que empezó en aquel instituto. El muchacho no esperó una invitación para sentarse en el banco, a su lado.

– Chica, eres monotema, ahí dentro.

Allie suspiró con una triste sonrisa en su rostro. Carter había resumido un día de doce horas en cuatro simples palabras.

– Ya ves. Ahora todo el mundo quiere conocer mi historia.

Carter se acercó más a ella. La situación era casi violenta. ¿Qué pretendía ahora aquel chico, que se había pasado tres meses incordiándola? ¿Apoyarla? Casi se rió. Era una ironía en estado puro.

– ¿Qué quieres, Carter?

El chico se encogió de hombros y no respondió a la sencilla pregunta. Se apegó más a Allie y dejó que el silencio se instalara en el lugar. Aunque, dedujo Allie, el silencio duraría poco.

– No tienes que contarme tu historia. No estoy aquí para eso, por si te lo estabas preguntando.

Ella soltó una palabra mal sonante en latín y luego se giró para mirar a Carter. Pero todo su cuerpo dio un respingo cuando descubrió lo cerca que tenía aquellos labios de los suyos.

– Entonces, ¿por qué estás aquí?

Se maldijo a sí misma cuando su voz tembló. ¿Desde cuándo Carter podía trastocarla de aquella manera? Sacudió su cabeza despacio y aguardó a la respuesta de su compañero de clases.

– ¿Es que uno no puede salir de esas paredes y tomar el aire?

– Tú, Carter, no.

Carter infló sus mejillas al máximo, como una ardilla con la boca llena de nueces, y Allie no pudo reprimir la carcajada. La risa resonó en todo el instituto.

– Cuánto odio me tienes, Whitemore.

– Después de tres meses fastidiándome, aprendí a odiarte.

Pero no lo decía en serio, y Carter lo supo al momento. Ambos sonrieron y Allie dejó reposar su cabeza sobre el hombro de Carter. No se está tan mal, pensó Allie.

– Odio que la gente me pregunte por el embarazo. Así, sin más. Como si me conocieran de toda la vida.

Él la miró, a esos ojos verdes que poseía Allie. Y ella sintió el calor (y color) aumentar en sus mejillas. ¿Por qué? ¿Por qué Carter la estaba desestabilizando tanto? Definitivamente, se estaba volviendo loca.

– Ha sido el bombazo, Allie. ¿Cuántas veces se encontrarán con una chica que a sus quince años se quede embarazada y a los dos meses pierda el bebé? Vamos, Allie, entiéndelo.

Allie lo entendía, perfectamente. E incluso creía que de estar en una situación inversa, alguien en su piel, se comportaría igual que sus compañeros: interrogando a la implicada.

– Carter, lo entiendo. Pero…

Las palabras quedaron en el aire, a punto de ser pronunciadas pero sin salir de sus labios. Carter esperó, pero en vista de que el silencio iba a perdurar, a animó con un suave apretón en el hombro.

– ¿Pero? ¿Qué te preocupa?

Ella sacudió su cabeza con algo de fuerza y se preparó para continuar hablando.

– Solo digo que, si tanto les interesa mi vida, como el tema del embarazo, ¿por qué no preguntar sobre mi cáncer? ¿O mi trastorno mental? ¿O los otros muchos probelas que he sufrido y sufro? No me preocupa nada, Carter. Solo me jode que la gente vea un solo aspecto de mi vida cuando ésta está compuesta por muchas otras cosas.

Tras sus palabras se levantó dle banco y se alejó. Era la primera vez que se había sincerado con alguien, que sacaba a la luz sus secretos más ocultos. Y se los había confesado nada más y nada menos que a Carter.

Sí, definitivamente se había vuelto loca.

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