Muerta, ya no importa nada

Caterina titubeó. ¿Por qué?, se preguntó, ¿por qué ahora, después de haber recorrido toda la ciudad para llegar hasta aquí? El viento le azotó en el rostro y la devolvió a la realidad. A una realidad que se desmoronaba cada vez más y más.

Se tambaleó durante dos segundos, mientras se subía a la cornisa del amplio balcón. Recuperó el equilibrio y con un solo ojo, miró hacia abajo. La altura la impresionó bastante. El corazón se le encogió.

– Salta – se dijo a sí misma.

Pero sus oídos estaban taponados. Su orden quedó en el aire, flotando a su alrededor pero sin llegar a tocarla.

– Salta – se repitió.

Pero de nuevo la orden no quiso penetrar en su mente y decidió quedarse colgada, sin ser pronunciada. Silenciada.

Movió un pie hacia adelante, quedando suspendido. Cien metros, oyó decir una vez al propietario de ese balcón. Una caída de cien metros que estaba a punto de realizarse. Ya no había vuelta atrás.

– ¡No! – gritó alguien a sus espaldas.

Cuando giró el rostro vio a Peter, el dueño del balcón y de la casa que iba a ser testigo de un suicidio. Las lágrimas comenzaron a adueñarse de sus ojos.

– Peter, tengo que hacerlo. Ya… Es la única solución.

– Já. No me trago que la chica que tanto me ayudó a mí en el pasado ahora crea que no hay solución.

– Es la única solución – repitió.

De nuevo el pie se movió hacia el vacío de cien metros. Un salto. No necesitaba nada más para encontrar la paz eterna. Pero Peter…

Se volteó para observar al joven que ayudó tanto en su momento. Un joven que ahora estaba llorando. Sí, definitivamente debía morir. No podía seguir haciendo daño a la gente que le importaba.

– Peter. Déjame hacerlo. Es lo que debo hacer.

– ¡No! ¡No tienes que morir! – la ira, la tristeza. Todo se agalopaba en la mente del muchacho. Y por eso necesitaba saltar.

– Es la única solución – se repitió a sí misma.

Las mangas cortas que había decidido llevar para el día de su muerte dejaban ver múltiples cortes, hechos con distintas navajas, y diferentes moratones por todo su cuerpo. Caterina no había tenido la vida más sencilla del mundo.

– Cat. Sé que no lo has tenido fácil. Que el haber tenido que lidiar con un trastorno mental, que el haber vivido dos años sufriendo acoso por parte de alumnos y algún profesor no es…

Las palabras se amontonaban en la garganta de Peter, atropellándose, amenazando con ahogarlo.

– Cat, sé que tu vida ha sido complicada. Horrible, me atrevería a decir. Pero no saltes, por favor. Quédate aquí, conmigo. Te necesito a mi lado. Por favor.

Pero ya no había vuelta atrás.

Cerró los ojos e inhaló frío oxígeno. Un empujoncito de valor y su vida empezó a desaparecer mientras el suelo se acercaba cada vez más a ella. Ni siquiera le importaba los gritos de Peter que oía cada vez más lejanos. Ni siquiera le importaba si le dolería el impacto.

Una vez muerta, ya no importaría nada.

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