Un reencuentro familiar poco habitual

Valeria contempló a la despampanante chica que se erguía ante ella. No se parecían en nada; Valeria, baja y con kilos de más, rubia y de piel blanquecina. La desconocida (tal vez ahora menos), alta y delgada (esbelta), morena y de piel bronceada, como una nuez.

Está mintiendo, supo al momento. O al menos eso quería creer.

– Mira, Nadia. Creo que estás como una cabra. Y es que necesitas un médico urgentemente.

La aludida no se dio por satisfecha. Se cruzó de brazos y permaneció en el lugar, a la espera de una respuesta mejor que la recibida. Pero Valeria no tenía intención de cambiar de opinión.

– No estoy loca. Sé quién soy. Sé quién eres. Sé quienes somos.

Empezaba a perder la paciencia. Aquella chica no tenía ni idea de quién era ella ni de todo por lo que había pasado.

– Nadia. Te lo diré una única vez. Atraviesa esa puerta y márchate para siempre. Jamás regreses aquí y que no se te ocurra, bajo ninguna circunstancia, volver a acudir a mí.

Pero no obedeció. No se movió ni un milímetro y todo su cuerpo pareció quedarse rígido de repente. Se dispuso a utilizar otra táctica para acceder a Valeria.

– ¿Y a él? Vale, tú y yo no nos parecemos demasiado. Pero, vamos, no me dirás que no me parezco a Peter.

Y entonces lo vio.

Los ojos verdes, los labios pálidos y gruesos.

Los cabellos oscuros, casi negros.

Delgadez musculada.

Idéntica a Peter.

– Veo que empiezas a darte cuenta.

Nadia tenía razón. Nadia tenía razón.

La niña a la que había dado a luz trescientos años atrás ahora se econtraba delante de ella. Y era idéntica a su padre.

Estaba tan asombrada por el nuevo descubrimiento que le costó darse cuenta que Nadia le estaba hablando.

– Toda mi vida la he pasado en Rúsia.

– Eso explica tu acento.

Levantó su mano, pidiendo silencio, y Valeria obedeció el gesto. Se calló y dejó proseguir a su hija.

– Hasta los dieciocho años viví con una familia que me acogió muy amablemente. Pero cuando cumplí los dieciocho me fugué y me recorrí el país entero. Por no decir el mundo.

Por fin, trescientos años después, Valeria averiguó qué había pasado con su hija. La espina que había tenido clavada en su corazón desapareció.

– Ahora, sin embargo, me gustaría saber por qué me abandonaste nada más nacer.

Una mezcla de miedo e indignación se hizo paso por su corazón. Se cruzó de brazos, a la defensiva.

– Espera un momento. ¿Que yo te abandoné? ¿Que te dejé a tu suerte? Oh, Nadia, cuán equivocada estás.

La aludida titubeó, tal vez sorprendida por lo que acababa de oír. Sin embargo, procuró que no se notara.

– Entonces, ¿qué fue? Porque ésta es la historia que más me han contado. Y la que más me creo.

¿Quién le había podido contar aquello? Alguien dispuesto a mancillar su nombre, eso seguro. Intentó calmarse y explicó los verdaderos acontecimientos de la noche en que dio a luz.

– Tus abuelos me odiaron en cuanto adivinaron lo del embarazo. Era una deshonra para la familia. A pesar de ello, me dejaron continuar con mi vida, como si no sucediera nada. Qué idiota fui.

Pequeñas lágrimas se formaron en los ojos negros de Valeria. Rememorar su propia historia no le gustaba demasiado.

Nadia escuchaba atentamente. No quería perderse ni un detalle de su propia historia.

– El día que naciste mis padres y una doncella estaban conmigo, en mi habitación. Fue un parto doloroso, pero cuando te tuve entre mis brazos, yo tan enorme y tú tan pequeñita, me sentí inmensamente feliz.

Se tomó dos segundos para calmar su voz, temblorosa hasta límites que no conocía. Y Nadia respetó su silencio.

– Pero entonces mi padre te cogió y salió corriendo de allí. De fondo oía un carruaje moverse, alejándose de mí. Me costó reaccionar, pero cuando desperté, grité. Exigía que te devolvieran conmigo, que no podían hacerme eso. Pero ya no había nada que hacer.

Nadia, que durante mucho tiempo había odiado a la mujer (o adolescente) que la había traído al mundo, de repente sintió pena de Valeria. La había juzgado demasiado rápida, sin siquiera conocerla.

– Pero, Nadia. No creas ni por un segundo que me olvidé de ti. Pedí ayuda a Peter (tu padre), pero no quiso ofrecérmela. Así que viajé por todo el mundo, por todos los rincones, en busca de mi hija.

Sin darse ella cuenta, Valeria observó cómo sus nudillos se habían tornado blancos de tanto apretar los puños.

– Te busqué por todas partes. Y por eso mismo, ahora mismo, me siento infinitamente feliz.

– No quiero seguir atosigándote, así que ya hablaremos de esto en otra ocasión.

Valeria asintió y en cuanto Nadia la dejó a solas, se secó las falsas lágrimas que habían ayudado a su interpretación. En cuanto su máscara se eliminó de su rostro, Peter entró en la habitación.

– Tenemos un problema, Peter.

– Ya lo veo.

El chico besó la frente de Valeria y la abrazó dulcemente.

– Creía que la había matado. Que su vida se había escurrido entre mis manos.

Peter escuchaba entre interesado y aburrido. Recordaba como trescientos años atrás Valeria y él mismo habían intentado matar a la chica llamada Nadia. Al parecer, de manera fallida.

– ¿Y qué piensas hacer ahora? Quiero decir, ahora que la conoces y tal.

Valeria no dudó ni un segundo cuando respondió:

– Lo que mejor sé hacer. Matar.

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