La hora de la verdad

Laura hace horas que se ha ido con la patética excusa de “Debo comprar el pan, sino los viejos se enfadan”. Y los viejos estaban de fin de semana en un pueblo cerca de Madrid. Así que, aunque ni él ni nadie me lo han dicho, sé que esto es un patético plan de César. ¿Tantas ganas tenía de quedarse a solas conmigo? ¡Haberme pedido una cita!

Y luego es cuando pienso: “Si me la hubiese pedido, le hubiera dicho que no. No dejo de rechazar a éste chico que desde hace un par de semanas no ha dejado de aparecer en mi vida”.

La película llega a su fin y César se levanta del sofá dándome uno de esos rápidos pero apasionados besos. Coge su monopatín y me levanta con rudeza del sofá. Con esa sonrisa tan pícara, tan perfecta, ¿cómo puedo todavía seguir diciéndole que no?

– Vamos a la pista.

Sacudo la cabeza mientras una sonrisa se instala en mi rostro. Siempre igual. Absurda excusa para quedar conmigo y luego un plan mucho más divertido. Un plan que siempre me saca carcajadas puras. Y sin embargo, sigo diciéndole que no. ¿Por qué? Mi mente es muy retorcida.

Y no hay nadie en mi vida, me digo cada vez que contemplo los ojos verdes y la sonrisa de César. No hay nadie que me impida estar con este pedazo de chico. Pero le digo una y otra vez que no. No sé ni yo el por qué de mi respuesta.

– No me apetece la pista, hoy.

– Ya… Ningún plan conmigo te apetece. Aunque luego eres la primera en no poder dejar de sonreír.

Touché.

Me dejo caer en el sofá y contemplo al chico dejar el monopatín de nuevo en su sitio, al lado de la caja de arena de su gato negro, Selene. Al ver la caja, observo también en que ni su gato ha decidido quedarse para contemplar nuestra cita. Si es que a nuestros encuentros se les puede llamar cita.

– ¿Qué te apetece hacer entonces, preciosa?

La pregunta queda en el aire mientras él se sienta encima de mí y junta nuestros labios, de esa manera tan deliciosa que me trastoca siempre que lo hace. Pero no somos nada, me repite mi mente. Y seguramente jamás lo seremos.

Lo separo de mí, alejando esos labios que tanto me encanta probar. Cuando le dejo hacerlo, claro. Ni se sorprende por mi orden de alejamiento, ni lo más mínimo. Siempre sucede así. Unos cuantos besos intensos antes de que mis sentidos se disparen y me adviertan de que lo que estoy haciendo está mal. Pero, a diferencia de todas esas veces, en esta ocasión me he alejado de él por otra razón.

– ¿Y ahora qué? ¿Lo de siempre? ¿Me dejarás con las ganas de más y más besos como éstos y te irás una vez más con la misma negación en tus labios?

Oh, no. Cada día las mismas preguntas que siempre me hacen dudar mientras recojo el bolso negro que a todas partes me acompaña y salgo de su apartamento.

Pero, ¿hasta qué punto me pueden afectar sus besos, sus carícias, sus locuras y sus preguntas? ¿Hasta dónde llegan mis suspiros por todas estas cosas?

La inercia, la costumbre, me hace coger el bolso y levantarme del sofá color crema. Pero, hoy es diferente. Hay algo distinto. Arrojo el bolso al suelo y me despojo de la sudadera roja. Enseñando casi al desnudo mi parte superior del cuerpo.

Un silbido y su camiseta verde cayendo al mismo lugar que mi sudadera son las dos respuestas que recibo por parte de mi acto de valentía. Y mi pecho empieza a subir y a bajar rápidamente. Estoy nerviosa. Lo noto en cada uno de mis dedos y en todos mis cabellos de la cabeza.

Pero no es momento de dudas. Alcanzo sus labios. Besos apasionados, la ropa desprendiéndose de nuestros cuerpos, dejándonos completamente desnudos.

Es hora de averiguar qué siento exactamente por este chico.

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