Sigue siendo amor

Oigo a mis padres discutir en la cocina. Incluso seis años después sin verse en más ocasiones que en las reuniones escolares, siguen discutiendo de igual manera.

– Te digo que mi hija no volverá a ver a esa calienta braguetas.

Ahogo un grito. Están hablando de mi novia, Laura.

Mi padre responde, en un tono de voz muy calmado.

– Tu no conoces a Laura Martin. Y te agradecería, mucho, que no la llamases así. Ella no es como tú.

– Uh, qué resentido estás por lo que sucedió.

Normal que mi padre esté aún algo cabreado con mi madre. Se acostó con prácticamente toda la población de Nueva York y aún así, fingió que estaba felizmente casada con el señor Richard Hart.

– Da igual, como sea. Val no volverá a ver a esa tal Laura Martin. No habrá ninguna relación homosexual en mi familia.

– ¿Tu familia? Llevas seis años sin ver a Valeria, ahora no te la agencíes.

– Sigue siendo de mi propia sangre.

Quisiera gritarle a mi madre que ella no tiene idea del amor cuando para ella “amor” significa sexo puro y duro de una noche con completos desconocidos. Y que no importa si la persona a la que se ama es del mismo sexo o del sexo contrario: sigue siendo amor.

Y, sin embargo, mi padre parece tener la situación controlada.

– Mira, Meredith Bless. Valeria es mayor para decidir de quién enamorarse y de quién no. Y si es una chica, igual que ella, a mí me trae sin cuidado, ¿sabes? Ella, al igual que toda la población del mundo, es libre de enamorarse de quien le apetezca. Y, para tu información, Laura Martin es una chica maravillosa y estupenda.

Mi madre está roja de ira. Las cosas no están saliendo como ella esperaba.

– ¡Todas las chicas somos unas “putas”, por decirlo de alguna manera! ¡Esa tal Laura solo busca sexo con nuestra hijita! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo, mientras seguramente Val está siendo violada por esa… calienta braguetas?

Si no fuera porque se supone que estoy en el colegio, saldría ahora mismo en mi defensa y en la de mi novia. Me quedo a escondidas, a esperar a que mi padre diga algo. Y no me defrauda.

– Meredith. No compares a Laura contigo, con lo buena chica que es. Laura es tímida, mucho. Se ha quedado a comer o cenar centenares de veces y nunca se ha atrevido a darle un corto beso a Valeria sin pedir antes permiso con la mirada. Jamás se ha lanzado, siempre por respeto hacia ella y hacia nosotros. Que, a mí, sinceramente, me da igual si se comen la boca mutuamente y delante de mí. Son libres de hacerlo. Si se queda a dormir, siempre se trae su saco de dormir y duerme algo alejada de ella, de nuevo por respeto. Y si se va Valeria a dormir a su casa, me da igual lo que hagan. De nuevo, te lo repito. Son libres de hacer lo que quieran, y yo no puedo impedir que lo hagan.

Meredith Bless está hasta las cejas de ira, de rabia por no poder llevar las cosas a su terreno. Y no puedo evitar sonreír de agradecimiento hacia mi padre. Me está ayudando de la mejor manera.

– Y, aunque se follaran salvajemente, igual que has estado haciendo tú con Nueva York entero, me da igual. Y el hecho de que sea una chica, y que su relación sea homosexual, me trae sin cuidado. Porque hacen una pareja estupenda y preciosa. Y si vieras lo enamoradas que están la una de la otra, a ti también dejaría de importarte y te dejarías de tanta homofobia.

Dos lágrimas calientes escapan de mis ojos. Me siento infinitamente feliz. Y en cuanto se suponga que ya no estoy en el instituto, pienso abrazar a mi padre de mil y una forma distintas.

– Tú sabrás, Richard. Pero luego no me pidas ayuda cuando Val te venga llorando por culpa de esa cerda.

La única cerda que hay ahora mismo eres tú, mamá.

Mi padre se dirige hasta la puerta y me apresuro a esconderme mejor en el armario. De reojo puedo ver cómo mi padre “invita” a mi madre a marcharse del apartamento.

– No te preocupes. Lidiaré yo solo con los problemas amorosos de nuestra hija. Como llevo haciendo desde hace tiempo.

Y con una sonrisa en el rostro de mi padre y una mueca de enfado en el de mi madre, ésta abandona el piso.

– Sal de tu escondite, pequeñina.

No sé cómo lo hace, pero siempre me descubre.

– Gracias… por lo que le has dicho.

– No hay de qué, princesa.

Y mientras subo las escaleras para meterme en mi cuarto, vulevo a pronunciar:

– Gracias, papá.

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