Sin aliento

En la sala de interrogatorios de la comisaría de Policía de Nueva York, dos de los tres ocupantes marchaban, no sin gemir de vez en cuando por los dolorosos puñetazos que habían recibido y sin sentir alivio inmediato mientras se paseaban el hielo por encima de las heridas.

La tercera ocupante, la causante de los males en los dos anteriores muchachos, sin embargo, se tuvo que quedar, a la espera de un veredicto de la policía. Intuía, más que suponer, que la multarían por su incorrecta conducta.

Sin embargo, no esperaba para nada encontrarse la persona que ahora se encontraba delante de ella. Era la única posibilidad que había descartado. Y una parte de ella se alegró de verle a él. Pero la otra se sintió nerviosa.

– Ryan…

No fue más que un susurro que flotó en el aire hasta perderse. Y probablemente él no lo habría escuchado. Aunque su sonrisa indicara todo lo contrario.

– Vaya. Otra vez por aquí, Elísabeth. Aunque no de la manera más deseada.

Los nervios iban en aumento. Después de la dolorosa ruptura, esperaba que no hubiesen malos tratos ni ninguna venganza por parte de su ex novio.

No pudo evitar escudriñarlo hasta el fondo mientras éste tomaba asiento enfrente suyo. Estaba más guapo que antes. Tal vez la barba de tres días, o el no uso de sus antes muy características gafas de pasta. O la impresionante sonrisa que ya en su día conoció. Había algo, un no sé qué que todavía no era capaz de descubrir. Pero lo había.

– Bueno, en tres semanas me volverás a tener aquí. Volveré a inscribirme al curso de “Aprende el oficio. Policía de Nueva York”. Lo que pasa es que quería hacer una visita de antemano.

La sonrisa se acentuó, mostrando esos dientes blancos y ensanchando esos labios que tantas veces había probado.

– ¿Violencia en el instituto? No me esperaba eso de ti, Eli.

– No ha sido en el instituto. Ha sido fuera. Y no entiendo por qué el director ha llamado a la policía. Será que no se pelean chicos, allí.

– Ya, pero esta vez has sido tú en concreto.

Se sorprendió de la revelación. ¿Qué tenía ella de especial que la diferenciara de los demás alumnos de su centro educativo? Aparentemente, nada. Pero, después de haber estado tres meses en aquel curso de “Aprende el oficio. Policía de Nueva York”, sabía que siempre hay algo oculto tras las palabras de un policía.

– ¿Recuerdas hace seis años, cuando saliste de aquel centro de rehabilitación? Nosotros tuvimos que firmar un papel, nada demasiado oficial, ¿eh?, dando a entender tu estado, tu estado durante los meses en el centro, y que te tuviesen un plus más vigilada que a los demás.

Todo cobraba sentido. Las muchas preguntas de los distintos profesores, las múltiples visitas al psicólogo del centro, los intentos de calmarla cuando, en realidad, estaba en perfecto estado.

Desde el principio todo el mundo sabía de su antiguo estado como “chica con ataques de pánico y ataques de rabia”. En todo momento no dejó atrás su pasado, sino que se lo camuflaron para hacerla sentir mejor.

– Oye, preciosa. No hay nada de qué preocuparse.

Se ruborizó cuando oyó el adjetivo con el que la había calificado. Preciosa. Como en los viejos tiempos. Ahora, tres años después, ni siquiera recordaba por qué habían roto. Ahora, contemplándolo, con esos ojos azules como el cielo más despejado y con esa sonrisa que tanto la hipnotizaba, pensó que aquel momento podría haber sido un sueño que terminó en pesadilla.

– Ha sido un simple episodio de violencia adolescente. De tantas que vemos por las calles. Simplemente nos hemos preocupado un poco, pero nada más. Sigues siendo tú y eso es lo que importa.

– ¡Por supuesto que sigo siendo yo! Me insultó y yo me lo tomé mal, ¿qué otra cosa iba a hacer? Además, yo recibí el primer puñetazo.

Se apartó el pelo de la nuca y dejó a la vista un moratón de forma irregular. No sería nada importante si no fuese por el hecho de que estaba rojo e hinchado. Parecía algo serio.

Cuando se volvieron a mirar a los ojos Elísabeth tan solo vio miedo en los de Ryan. Parecía realmente asustado por su nuca hinchada. Se rascó la cabeza antes de continuar hablando.

– Prometo ir al médico, ¿vale? Seguro que no es nada grave.

Juntaron sus meñiques, a modo de promesa. Como los niños pequeños y como en los tiempos pasados. Cuando eran felices estando juntos.

Se levantó y se dirigió hasta la puerta. Quería abrirla, alejarse de Ryan y cerrar para siempre el cajón de los recuerdos que, con una sola sonrisa, él había vuelto a abrir. Pero a la vez no podía. Tenía miedo. ¿Y si aquello era una oportunidad que el destino les estaba brindando?

Corrió hasta él y lo besó, apasionadamente, quedándose sin aliento y sin aire que respirar. Pero no importaba. Durante los diez segundos que duró el beso se sintió libre y feliz. Y, aunque no se tomó aquel reencuentro como una segunda oportunidad, se marchó a su casa con una amplia sonrisa que, probablemente, duraría todo el día.

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