Nunca es un mal momento para decir “Te quiero” #textoliterario

– Solo digo que es surrealista, ¿vale?

Él solamente se ríe, con aquella sonrisa tan melodiosa que tiene y sigue escuchándome atentamente, mientras me quejo del trabajo y del nuevo caso.

El calor de Nueva York nos envuelve por completo. Lo único que nos evade un poco del bochornoso día es el helado de vainilla y chocolate que nos hemos comprado al salir de comisaría. Es ya una costumbre nuestra: un helado al terminar la jornada.

– No lo es tanto, Malia. Supongo que simplemente tendremos que implicarnos un poco más.

Pero yo no lo veo así. Es demasiado extraño, todo. Pero supongo que Ryan nunca abandona su optimismo. Choque de energías, diría mi padre. Un alma positiva, como la de Ryan, contra la mía, negativa.

– Ryan. Dos muertos. Ninguna relación, aparente, entre ambas víctimas. No sé. Es muy extraño todo.

De nuevo esa sonrisa que derrite a cualquier chica. Llegamos a mi edificio y, como siempre, me acompaña hasta la misma puerta de mi piso. Nunca he entendido por qué tantas molestias. Será por que le gusta subir escalones, o porque le gusta charlar del trabajo de manera extraoficial. Jamás se lo he preguntado.

– Y, para el colmo, tengo que ayudar a esa chica a sobrellevar la muerte de su padre. ¡Yo!, que ni siquiera puedo ayudarme a mí misma con la de mis padres.

Me rodea con su brazo por los hombros mientras subimos las escaleras y siento esa corriente eléctrica que ya se me ha hecho muy familiar. Me siento a gusto, incluso.

– Tú puedes, Malia. Pero, ya sabes, si en algún momento no te ves capaz, puedes pedirme ayuda. En todo momento. Somos amigos, ¿no?

Eso nos decimos cada día que pasa. Que solo somos amigos. Incluso yo misma he afirmado esa frase. Siempre que alguien nos pregunta, solo somos amigos. La gente terminará por creernos.

Llegamos hasta la puerta de mi apartamento y mientras saco las llaves, le ofrezco un café, como siempre. Y él, como todos los días, lo rechaza, alegando tener muchas cosas que hacer todavía.

– Por cierto, todavía no he visto los informes de las autopsias. ¿Sabes dónde están?

– Sí, claro. Se los di a Kendall y Logan.

No me lo puedo creer.

– ¿Les has dado información confidencial a dos críos que están de taller de “Como ser policía”? ¡Ryan! ¡Mira que eres tonto! Si ni siquiera yo puedo acceder a esos informes sin un permiso especial. ¡Y soy una de las agentes más importantes de la planta!

– Sí, bueno. Me los pidieron para examinarlos y se los presté. Además, no los sacarán de comisaría. Simplemente es un vistazo rápido.

Un vistazo rápido. Sí, claro. ¿Cómo puede ser tan manejable Ryan Mendes? Aunque, pensándolo bien, hasta yo me he aprovechado de su inocencia y bondad.

– No entiendo cómo les has dejado a ellos antes que a mí. Y teniendo en cuenta que tú y…

Me pongo una mano en la boca, tapando mis palabras. Iba a hablar más de la cuenta.

– ¿Ajá? Teniendo en cuenta que yo y…

Niego con la cabeza. Por dios, casi digo las palabras prohibidas.

– Nada. Hasta mañana.

Entro apresuradamente en el apartamento y cierro la puerta detrás de mí. Por encima de mi agitada respiración puedo oír cómo Ryan se marcha escaleras abajo.

Casi le confieso que estoy enamorada de él.

– Buenos días, Ryan. O debería decir, bella durmiente.

– Vamos. Solo he llegado media hora tarde, Rick.

Le tiendo el café negro que siemrpe le traigo por las mañanas y me tiro en la silla de madera. Casi se me cae una gota de café encima. Por suerte, mi traje sobrevive al desastre y solo debo secar el suelo.

– ¿Qué te cuentas? ¿Rico el helado de ayer con tu princesa?

– ¿Qué? ¿Ahora os dedicáis a seguirnos por el mundo o qué?

– Simplemente tenemos curiosidad por saber cómo avanza vuestra relación, nada más.

Una relación que todo el mundo ve excepto Malia y yo. O tal vez sí veamos una relación. Una relación estrictamente de trabajo y amistad. Nada más. Aunque en el pasado fuera diferente.

Me dispongo a terminarme mi bebida mientras leo los nuevos informes forenses. No son muy distintos de los que les dejé a Kendall y Logan, los adolescentes alocados que escogieron comisaría como lugar donde pagar sus cuatro horas diarias de servicio a la comunidad.

Aunque… hay algo distinto de los últimos que leí. Ahora hay una información extra.

– ¿El señor Haler era drogadicto? ¿Cómo es que no se supo en la primera autopsia?

– Ni idea. Tal vez Kelly no se fijó bien y en esta ocasión sí. ¿Llamo a Malia y se lo comunico o lo haces tú?

La mirada que me lanza Rick es un tanto extraña. Y cuando la menciona, recuerdo el incidente de anoche, cuando entró apresuradamente en su piso, sin siquiera despedirse como siempre lo hace: con un beso en la mejilla y un Buenas noches con su voz más dulce.

– Oye, hablando de ella. Hay algo que me gustaría comentarte…

– ¿Os habéis acostado ya?

Lentamente deposito la pistola sobre la mesa y él levanta las manos, a modo de rendición. No entiendo por qué piensan que salimos juntos. ¿Acaso hemos dado a entender eso en algún momento? Es cierto que entre nosotros hay mucha cercanía, no la suficiente que deseo yo. Pero tampoco hemos dado ese paso, ninguno de los dos.

– Ayer, cuando volvimos a su casa, dejó una frase a medias en la que me incluía.

– ¿Y esa frase es?

– “Teniendo en cuenta que tú y…”

Dicho así no parece tener ningún sentido, aparentemente. Pero, después de años trabajando como detective, he aprendido que, tras cualquier palabra, siempre hay algo oculto.

– Seguro que se refería a algo así como Teniendo en cuenta que tú y yo somos [inserte aquí cualquier relación, preferiblemente “novios”].

– ¿Era necesario ese uso de paréntesis y comillas?

– Sí.

Rick no tiene remedio. Siempre igual. E incluso me ha llegado a parecer gracioso.

Se levanta del asiento y tira el vaso vacío del café en la papelera y se dispone a abandonar mi despacho. Antes de hacerlo, se gira y me mira. Una parte de mí se siente incómoda mientras esos ojos anaranjados me observan a más de quince pasos.

– Escucha. Por mucho que digas que entre Malia y tú no hay nada, yo sé que existe esa complicidad y ese amor secreto. No seas un bobo y no cometas el mismo error que yo con Jennifer. Díselo. Nunca es un mal momento para decir el famoso Te quiero.

Abandona mi despacho y me deja pensativo. Después de haber trabajado cinco años como detective de homicidios, jamás me había planteado la posibilidad de no poder disfrutar de ese momento, en el cual le dices a las personas a las que amas lo que sientes por ellas.

Corro a coger el teléfono y tras los cuatro pitidos habituales, Malia descuelga el teléfono. No le dejo tiempo a responder. Me apresuro a decir las dos palabras que se morían por salir de mis labios y que, ahora, tres años después, por fin, serán pronunciadas. El famoso…

– Malia. Te quiero.

Pero lo que menos esperaba oír al otro lado de la línea son las mismas palabras que acabo de soltar.

– Ryan. Te quiero.

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