Estoy bien #textoliterario

Lydia permanecía tumbada en el suelo, en una posición muy lejana de parecer humana. Temía moverse, por si sus tres atacantes repetían la secuencia: insultos, puñetazos, patadas.

La mayor de sus atacantes, Jo, asestó una patada en su costado derecho. Lydia no pudo evitar moverse y se retorció de dolor mientras de sus labios escapaba un débil grito. Había perdido tantas energías que ya apenas podía hablar.

Pero ya llevaban más de media hora atacándola, por lo que pronto se cansaron de molestar a Lydia. La dejaron ahí, tirada, en un callejón escondido de todos los ojos curiosos. Y ella, hasta que no recuperó un poco de fuerza, no se armó de valor para regresar a su casa. Un lugar donde el infierno simplemente se agrandaba un poco más.

Tres latigazos después, la madre de Lydia dejó a su hija sola en la habitación. El suelo estaba manchado de la sangre que emanaba de las heridas de su espalda.

A veces Lydia creía que aquello era mejor: un par de latigazos con un cinturón de su padre y luego soledad. Era más corto que lo que le hacían en el callejón. Aunque también más doloroso.

Las lágrimas transparentes que resbalaban por sus mejillas se mezclaban con el rojo intenso de la sangre, transformando éste en un color un poco más suave. En ocasiones se planteaba si valía la pena seguir respirando por un mundo que no inspira ni una sola vez por ella.

Y la chica de las muñecas cortadas pronunció:

– Estoy bien.

Mientras una lágrima descendía por su rostro y respiraba por última vez.

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