Es un sí #textoliterario

Cuando Laura entrelazó nuestras manos sentí todas aquellas corrientes eléctricas que ya conocía y tanto me gustaban. Me aferraba a esas sensaciones, temiendo perderlas así de repente.

La cola del cine avanzaba y cada vez estábamos más cerca de poder comprar nuestras entradas.

– Hey, ¿qué te apetece ver?

– Ya sabes que a mí me da igual.

Lo único que me interesaba a mí era pasar un rato agradable junto a ella. La película era lo de menos, en aquellos momentos.

– ¿Qué te parece la última de “El Hobbit”?

– Guay, perfecto.

Saltó con alegría y me besó castamente. Casi ni hubo contacto con nuestros labios, pero fue suficiente para sonrojarme. Sentía el calor envolverme casi por completo. Laura me estaba volviendo loca.

Llegó nuestro turno en la taquilla y ella habló por mí. Compró dos entradas con butacas en la última fila.

– Voy un momento al baño. Ve comprando las palomitas.

– Vale, bonita.

Otro beso que me encantó y me dirigí al baño mientras de reojo la veía yendo al puesto de comida. Me encerré en aquel cubículo y me miré en el espejo. Vi mis cabellos ligeramente despeinados y una mancha roja en el cuello, y no pude evitar sonreír, recordando lo sucedido quince minutos atrás en su coche.

Me arreglé todo lo que pude en menos de un minuto y fui rápidamente a la sala 15, donde Laura ya me esperaba.

– ¡Mira, un paquete grande de palomitas!

En aquel momento me pareció ver a una niña pequeña e inocente, feliz con una cosa tan insignificante como una bolsa grande de palomitas. Y sin embargo siempre que la miraba, a esos ojos casi tan negros como el asfalto recién fabricado, veía a una apasionada y rebelde chica de ya casi diecinueve años.

– ¿Entramos?

Con una sonrisa en ambos rostros y cogidas de la mano, nos internamos en la sala 14. Buscamos nuestros asientos y me senté nerviosa, pero ese nerviosismo se acentuó cuando su mano empezó a acariciar mi rodilla derecha.

La película comenzó y las caricias aumentaron. Nuestras manos se encontraban constantemente, las veces que queríamos coger palomitas.

– ¿Por qué estás tan nerviosa?

En la oscuridad no podía verla, pero sabía que estaba ahí. Su sonrisa malévola y perversa pero también juguetona. Y entonces, mientras en la pantalla se libraba un batalla entre distintas criaturas imaginarias, en mi mente se libraba una batalla de sentimientos contradictorios.

Quería besarla, sentir sus carnosos labios pegados a los míos. Pero, ¿y si la espantaba? Toda mi cabeza estaba hecha un lío, y no quería estropear el momento.

Por suerte, fue ella quien tomó la iniciativa. Agarró mi rostro con posesión y me besó con cierta intensidad. No la misma que en nuestro primer beso o, sin ir más lejos, los de aquella misma tarde en el coche. Pero había cierta pasión que aceleró mi respiración y el pulso de mi respiración. Sus dientes mordían mis labios, su lengua se abría paso para encontrar la mía. Cada vez era menos yo.

De mi mente no podía apartar el intenso beso del cine. Quería repetirlo todas las veces que fuera posible.

– Espérate aquí un momento.

– De acuerdo.

Obedecí sin rechistar. Me quedé en medio de la plaza, con muchas personas tomando café en los bares y parejas de ancianos alimentando a las palomas. Vi desaparecer a Laura por un callejón, y al momento regresaba con un grupo de personas detrás.

Me entró una risa tonta a medida que se acercaban a mí. Había un guitarrista, un saxofonista, un acordeonista y un señor tocando la “olla” con una cuchara. Todos aquellos que nos rodeaban se nos quedaron mirando.

Laura se arrodilló delante de mí mientras los músicos empezaban a tocar una melodía alegre y romántica. Casi me salían las lágrimas de los ojos.

– Mi amada Alba. Aquí y ahora, con estos músicos mal pagados que encontré un día por la calle y con todo este público de testigo, digo que te amo, con locura. Que deseo pasar el resto de mi vida junto a ti, entre risas, caricias y besos de mil tipos y sabores diferentes. Quiero despertarme cada mañana a tu lado y desayunar tu mirada, comer tus curvas y cenar tus labios. Poder leer cada lunar de tu cuerpo y envejecer junto a ti.

Todos los presentes aplaudieron y algunos incluso se secaron las lágrimas que afloraban en sus ojos. Yo me sentía demasiado emocionada para contestar. Me había soltado tal discurso. ¿Cómo responder que yo también quería lo mismo? Pero no podía contestar con palabras, pues éstas habían desaparecido de mí.

La levanté del suelo con algo de rudeza y la besé tan apasionadamente que podría quedarme sin respiración en cualquier momento. A nuestro alrededor se oyeron más aplausos y gritos de alegría. Y aunque solo fuera un beso, nada sexual, fue el más perfecto de todos.

– ¿Entonces es un sí?

– Es un sí.

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