Sobre las nubes a las que volé #textoliterario

No sé catalogar lo que siento en estos momentos en mi estómago. ¿Amor? Lo descarté hace tiempo. ¿Cosquilleo? Ni que estuvieramos tonteando como dos niños. ¿Nervios? Sí, tal vez sean nervios.

Leo me rodea por los hombros con su musculoso brazo, atrayéndome así hacia su trabajado cuerpo. Como si no hubiese pasado nada. Como si no supiera el efecto que ejerce en mí.

La noche es fría, se nota que el invierno está por llegar pero sin atreverse del todo a entrar en la ciudad. Por un momento agradezco el haber cogido mi chaqueta de cuero, aunque antes la detestara por hacerme subir más de lo necesario los colores a las mejillas.

Detrás nuestro aún se oye la música de la discoteca donde minutos antes estábamos bailando acaloradamente, cada uno con su acompañante. Giro un poco mi cabeza, lo justo para ver las luces de mil colores alumbrar la zona. He dejado a Carlos ahí dentro, ¿y para qué? ¿Para largarme con el cerdo de Leo? ¡Si ya le he olvidado!

O eso quiere creer y fingir mi mente. Como si fuera tan fácil olvidar un amor como el que tuvimos. O al menos, el que yo creí tener con él.

Noto mi teléfono vibrar en mi bolsillo derecho delantero y lo agarro. Es Carlos.

– ¿Quieres volver? – pregunta Leo, despertándome de mis múltiples pensamientos.

Sin control sobre mi cuerpo, niego. Carlos me gusta, sí. Pero prefiero las sensaciones que siento en estos momentos antes que un calentón temporal en un minúsculo cuarto de baño de una discoteca que ni siquiera tiene buenos gustos musicales.

– No. Aquí estoy bien.

Entonces cometo el primer error de la noche: alzar la vista para mirarle. Literalmente, me derrito. No sé si son sus ojos verdes, tan intensos que hasta parecen lentillas. No sé si es su sonrisa, tan acentuada como siempre. No sé si es la cercanía de sus labios con los míos. Pero algo hace que me derrita y que mis piernas flaqueen.

Mi segundo error: entrecerrar los ojos cuando veo que se acerca más a mí. Supongo que esperaba que me besase, pero no lo hace. Se queda a escasos milímetros de mi rostro, de mi boca.

Noto cómo sonríe, incluso con la vista medio nublada.

– ¿Y qué hay de Carlos? ¿No estáis saliendo, Alba? – pregunta, y casi podría adivinar un tono divertido en su forma de hablar.

Me gustaría saber en qué momento le he dado a entender tal afirmación. Carlos es el hermano pequeño de mi doctor, Raúl. Y lo admito, sólo he salido con él porque Raúl me pidió ayer que sacara de casa a su hermano menor.

– ¿Carlos y yo? Qué va. En realidad, nos hemos conocido hoy.

Me maldigo a mi misma por estar siendo tan sincera con Leo, después de todo lo que él me engañó en su momento. Pero mi boca funciona sola, y ya no deja de hablar. Le cuento la historia completa de cómo nos hemos conocido y el por qué le he llevado a la discoteca. Leo tan solo asiente, atento a los detalles.

– ¿Por eso has salido de ahí? ¿Porque no habéis conectado?

Me gustaría responderle con algún comentario ingenioso como los que siempre soltaba cuando salíamos juntos. Algo como “Pues, al parecer, tú si has conectado con Rocío, bien empotrados contra la pared”. Pero no me sale. Simplemente se queda encallado en mi garganata y no lo escupo.

– No… no lo sé. Supongo que necesitaba un poco de aire fresco y tú me has dado la excusa perfecta.

– Claro…

Suspiramos, casi a al vez, y el frío provoca que una bocanada de vaho se forme ante nuestros rostros. Se juntan y al instante desaparecen. Por un solo instante me atrevo a compararlo con lo que Leo y yo tuvimos. Fugaz, intenso, atrevido. Perfecto.

No sé si luego me arrepentiré de mis actos, pero en estos momentos, y tal vez por efecto de la copa de más, le agarro la mano, entrelazando nuestros dedos, con firmeza. Él no hace nada por apartar la mano. Y en un segundo me vuelvo a sentir sobre las nubes a las que volé por primera vez con su contacto conmigo.

Me recuesto contra su cuerpo, apoyando la cabeza sobre su hombro. Miles de recuerdos bombardean mi mente, los buenos y los malos. Y no quiero que mi mente sea un álbum de fotos, rememorando lo vivido.

Pero al infierno con lo éticamente correcto. Si Rocío puede comerle la boca, sin ser novios, yo también. Me detengo, y con mi fuerza (aunque sé que él también cede, le gusta hacerme sentir una ganadora) le giro para encararlo a mí. Me pongo de puntillas y rozo nuestros labios, sin atreverme a dar un paso más allá.

Pero sé que él nunca aguarda a una invitación. Me rodea por la cintura y ataca con posesión y ferocidad mis labios. Casi puedo sentir su lengua pasearse por mi boca, hasta con timidez. Y me sorprende notar timidez en alguien como Leo. Él, que me hizo creer que hasta una tonta y callada chica como yo puede ser valiente. Él, que me hizo ser valiente. Él, está siendo tímido.

Lo arrastro hasta un callejón, apartado de miradas ajenas. Agarro su nuca y lo acerco hasta el máximo posible a mí. Necesito volver a saborear sus labios, volver a sentir las mismas mariposas que antaño, volver a sentir las cosquillas que me recorrían cuerpo entero. Necesito volver a enamorarme, aunque sólo sea por unos minutos, de Leo Martín.

– Creía que me odiabas – dice, jadeando, cuando nos separamos para coger aire.

Tiene razón: le odio. O le odiaba. O lo seguiré odiando. ¡O yo qué sé! Mi cabeza está hecha un completo lío mientras veo las mejillas de Leo enrojecer (otra cosa extraña en su comportamiento que luego apuntaré en una lista). ¿Qué sentí y que siento ahora? O lo más importante, ¿qué debería sentir?

– Te sigo odiando – respondo, no muy convencida de mis palabras.

Me fue infiel, y si ahora cometo el error de volver a enamorarme de él, volverá a hacerme sufrir, volverá a hacerme daño. Ya lo dicen mis contactos: si alguien es infiel una vez, lo volverá a ser.

Se acerca a mí y junta nuestros labios con tanta suavidad que apenas hay contacto físico. Pero yo puedo percibirlo, puedo notar ese ligerísimo contacto. Porque una vez conoces el tacto de sus labios nunca lo puedes olvidar.

– ¿Entonces por qué no me sueltas y te marchas? ¿Por qué te sigues quedando aquí?

La primera lágrima aparece en mis ojos. ¿Por qué me sigo quedando aquí? Porque yo soy una polilla atraída por su luz. Porque yo soy un alma perdida que busca cobijo.

Se detiene a secar la lágrima, que ha quedado colgando bajo mi ojo. Usa el pulgar con tal delicadeza que me estremezco. Suelto un flojo suspiro y le vuelvo a besar, con un sentimiento que creía extinguido en mí. Un sentimiento que percibo en él también.

¿Y si lo volviéramos a intentar? ¿Y si de nuevo ambos cediéramos al otro, dando y recibiendo?

Pero, ¿y si vuelve a salir mal?

– Leo…

– ¿Qué? – susurra, un susurro que se pierde entre los muchos sonidos que nos envuelve la ciudad.

– Quiero volverlo a intentar.

Y le beso. No sé si he tomado la decisión adecuada, no sé si me he dejado guiar por el corazón antes que por la razón. Pero no me importa. Sólo sé que estoy besando a alguien que en su día me importó demasiado y que ahora ha vuelto a mi vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s