Y entre caricias y besos, suena un “Te quiero” #textoliterario #personal

– ¡Otra ronda de chupitos, César!

– ¡Allá va!

Di que sí, la mejor manera de celebrar el final de curso. Y sin embargo, entre copa y copa, mi cabeza sigue dándole vueltas al asunto de cómo declararme a Lidia. La pelirroja, como si mi mente la hubiera invocado, se gira hacia mí y siento mi cuerpo derretirse. ¿Tenía que ser tan perfecta?

Tres vasitos me llegan y los cojo, con la intención de meter tanto alcohol como sea posible en mi organismo. A la de una, a la de dos y a la de tres, todos nos bebemos el contenido de uno de los vasitos. El calor me va subiendo.

– ¡Eh! ¿Quién ha comprado esta mierda? ¡Sabe peor que el pis de mi abuela!

Todos se ríen del comentario de Raúl mientras que Laura, la compradora de la botella, agacha el rostro, avergonzada. Le doy unas palmaditas y le guiño el ojo: están tan borrachos que ni siquiera saben qué dicen.

Miro a mi alrededor, a los amigos que me llevan acompañando todo este tiempo y que, espero, seguirán a mi lado durante mucho tiempo. César, Raúl, Laura, Carlos… y Lidia. Seis años juntos y a por muchos más.

Esta vez contamos hasta cinco para bebernos el contenido del segundo vasito. Éste sabe mil veces mejor que el anterior. Y entre risas, nos bebemos el tercero, ansiosos de sentir más calor en nuestro organismo.

Todos están muy borrachos, a excepción de Carlos, Lidia y yo. Aunque a Carlos poco le falta para caer en el mismo juego que nuestros amigos.

Entre mis pensamientos, Lidia me agarra de la mano y nos separa del grupo para llevarme hasta una esquina apartada de miradas curiosas. Me agarra por la cintura, de esa manera tan posesiva que tan loca me vuelve siempre.

– ¿Qué pasa, que el calor de esas bebidas no es suficientemente fuerte para ti?

Me besa, mordiendo con fuerza y pasión mis labios, y yo, como siempre, me dejo llevar por el momento. Pero una vocecilla en mi mente me pide que me aparte, que ésto no tendría que estar pasando… así. No quiero ser el rollo de la noche. Quiero ser algo más.

– Lidia… Tengo que contarte una cosa.

Y allá va.

– Desde hace ya unos cuantos meses… me gustas. No sé qué me hiciste, porque yo tenía a Marc en mi cabeza y luego vino Iván. Pero llegaste tú y con tus cabellos pelirrojos, tus pequitas que tanto me gustan o tu sonrisa tan perfecta… Me volvías y vuelves loca. Y sé que debería callarme, que tenías planeado declararte a alguien esta noche. Pero ya no me lo puedo callar más. Porque tú…

Agarra mi cuello y me besa con dulzura, tan distinto a segundos antes que parece mentira. Me aferro a su cintura mientras ella me envuelve por el cuello. Es nuestro beso más pausado pero lleno de sentimientos. El calor, antes producido por el alcohol, vuelve a subirme, pero esta vez es por la chica que me está devorando los labios tiernamente.

– Has tardado demasiado en declararte, ¿no? – dice, con una sonrisa pegada a la mía.

No puedo evitarlo; no puedo dejar de sonreír.

– Es que ayer, último día de clases, le prometí a Araceli que me declararía a la chica que me gustaba mucho y…

– ¿Araceli? ¿Debería ponerme celosa antes de hora?

Con una sonrisa sacudo mi cabeza y la vuelvo a besar, profundamente, dejándome llevar por las sensaciones que sus labios me producen siempre.

– Jamás. Te quiero.

Y entre besos y caricias suaves, su respuesta me llega en forma de susurro.

– Yo también te quiero.

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