Incapaz de pedir que me deje morir #textoliterario

Era verano, agosto. El sol era demasiado abrasador, no se podía ni tan solo tomar un cae. Las piscinas estaban llenas de gente que buscaba un poco de paz. Todos disfrutaban de aquel caluroso día de verano.

Sólo había unas cuantas personas que no lo hacían. Y entre ellas estaba yo.

Ni siquiera entraba la suficiente luz en la habitación del hospital. Pero no hacía falta, sabía qué se estaba cociendo en el lugar. Mis padres llorando y el doctor analizando una y otra vez mis informes.

Me estaba muriendo. Cáncer de pulmón, dijeron. Pero, sinceramente, veía aquella enfermedad como una bendición. No quería vivir ni un segundo más como lo había hecho durante mis dieciséis años.

La bombona de oxígeno que me habían dado para no desmayarme y morirme allí mismo emitía un sonido extraño, casi molesto. No entendí porqué ese afán de alargar mi vida. Pero mi padre sostenía los tubos bajo mi nariz, y fui incapaz de pedirle que los soltara y me dejara morir.

Mi madre y el doctor hablaban sobre qué medicamentos tenía que tomar y cuándo. Yo no prestaba atención. Hacía el papel de buena enferma que escuchaba atentamente qué debía hacer para curarse. Pero yo no iba a curarme, los médicos ya me lo habían dicho. Por lo tanto, no merecía la pena malgastar tantos minutos en explicaciones que luego no iba a aplicar.

Yo no iba a salvarme nunca.

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