Una vela se apagó #textoliterario

Abril suspiró tras quince minutos de espera. Llevaba en la gasolinera que estaba al lado del cine demasiado tiempo, y el sol empezaba a achicharrarla. Además, sola, no tenía otra diversión que contar cuántos coches entraban y cuántos salían.

Entonces algo distrajo a Abril de su pasatiempo. Una pareja con un perro dieron varias vueltas a la gasolinera, siempre analizando el entorno. Abril lo encontró un tanto sospechoso. Sin embargo, lo único que hizo fue seguir mirando.

El hombre tiró disimuladamente una colilla a medio apagar, muy cerca de un surtidor. Abril se puso nerviosa. Aquello podía salir por los aires si nadie la apagaba. Se acercó a la colilla a la vez que la pareja salía corriendo con una especie de mando entre las manos de la mujer. Abril se inquietó todavía más cuando descubrió que no se trataba de una colilla a medio terminar.

Era una bomba en miniatura. Abril dio un grito que resonó en toda la gasolinera. Y en ese momento la cuenta atrás se puso en marcha. Diez segundos la separaban de la muerte. Diez segundos que empleó en salir corriendo. Chilló, exigió a los demás compradores que salieran de ahí. Pero la bomba explotó, llevándose a muchos con ella.

Abril aterrizó sobre el asfalto de la carretera. La superfície estaba tan caliente que Abril se levantó solamente para no sentir su cara abrasándose. Miró atrás, con los ojos llorosos. Apenas vio nada, el humo lo invadía todo. Pero lo que vio la dejó aún peor.

Cuepros sin vida rodeaban la gasolinera en llamas. Otros se movían, a duras penas. Algunos transeúntes llamaban a todas las ambulancias posibles, en busca de ayuda. Abril se intentó incorporar, pero cuando se puso de pie se derrumbó sin poder evitarlo.

Dos doctores se la empezaron a llevar hacia una ambulancia, a escasos metros de distancia. Apenas podía respirar, el humo le invadía los pulmones. Ni siquiera hizo esfuerzos por adivinar qué decían aquellos doctores que pretendían salvarle la vida. Se dejó llevar, sintiendo su cuerpo siendo trasladado de ahí para acá.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó uno de ellos.

Sin poder pronunciar más de dos sonidos irreconocibles, Abril señaló su bolso. Ahí tenía su DNI, dentro de su monedero. Uno de los doctores hizo caso a su señal. El otro, una vez comprobada la identificación, llamó a la familia. Abril apenas era consciente de qué sucedía a su alrededor. Pero intuyó, por el tono de voz que usaban los médicos, que la cosa no iba demasiado bien.

Entonces cerró los ojos. No le importaba morir, se dijo a sí misma mientras la máquina que simulaba el latido de su corazón se iba silenciando. No le importaba, se hizo creer a sí misma, mientras una lágrima resbalaba por su rostro. No le importaba… pero no quería. Tenía miedo. ¿Qué dejaría atrás? ¿A dónde iría? ¿Podría Abril con la muerte?

Y ya cuando su corazón dejó de latir, una vela en una iglesia olvidada en una ciudad olvidada se apagó. Una vela que le otorgó la vida, una vela que alguien encendió con la esperanza de que su llama engendrara una vida. Abril se había ido, y junto a ella, un pequeño fuego que la había acompañado durante sus veinte años de vida.

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