Los mensajes de WhatsApp #textoliterario

Eric: ¿A qué hora cogerás hoy en tren?

Paula: A las 13.15, ¿por qué?

Eric: Para esperarte, boba.

Paula: ¿Y qué pasa si llego más tarde y el tren se me va? Por tonto, perderías tú también el tren.

Eric: Por ti, perdería mil trenes.

Llego a la estación con una boba sonrisa en el rostro, revisando una última vez el chat de WhatsApp con Eric. Chequeo mi billete blanco en la máquina y bajo las escaleras que llevan hasta el andén. Y mientras lo hago veo a Eric, esperando apoyado sobre la pared del tren y toqueteando constantemente el teléfono. Me pregunto si hablará con otras chicas, si intentará ligar con otras de la misma manera que lo hace conmigo. Al fin y al cabo, solo nos conocemos desde hace un mes, y porque coincidimos en el mismo tren. No sería extraño que lo hiciera, de todas formas, me digo, casi entristecida.

Me pongo a su altura y sin pensármelo demasiado, le doy un beso en la mejilla. Pero antes de separar el contacto, él mueve rápidamente el rostro para que nuestros labios se rocen tímidamente. Más roja que un tomate, me subo al tren, seguida de Eric. Nos sentamos en unos asientos al lado de la ventana, cara a cara.

– ¿Y qué asignaturas tienes hoy? – pregunta, sacando su libro.

– Sintaxi y análisi de un clásico. Lo único que todavía no sé qué clásico – comento, sonriendo.

Él asiente y comienza su lectura. Desde que lo conocí siempre va con ese libro, a todas partes. De hecho, si no fuera por ese dichoso libro, nunca me hubiera atrevido a hablarle.

Cojo una hoja en blanco y me dedico a escribir un poema. Llevo tiempo dándole vueltas a unos versos que, desde que le conocí, viven en mi mente. Mi mano va sola, casi sin control. Veo cómo lleno la hoja de palabras que, en un conjunto, crean poesía.

Juntos, en un silencio armonioso, nos desplazamos hacia Barcelona. Él leyendo, yo escribiendo. Le miro, a esos verdes que tiene y vuelvo a sentir unas extrañas mariposas que no sé cómo describir. Me dedica esa sonrisa de mil kilovatios que enamora a cualquiera, cuando sabe que le estoy mirando.

– El sábado tengo una fiesta de bienvenida – me comenta cuando guardo el cuaderno -. Es una fiesta de bienvenida para los nuevos de primero de biología.

– Qué guay, ¿no?

Eric me lanza una mirada que no sé cómo interpretar. Por un lado, no parece disgustado con la idea de ir a celebrar, con todos sus nuevos compañeros, una fiesta de bienvenida. Pero hay un algo en su mirada que me dice que no está, tampoco, del todo ilusionado con ello.

– ¿Qué pasa? – pregunto, sacando un segundo mi teléfono para comprobar la hora.

– No tengo con quien ir – resuelve, encogiéndose de hombros pero sin pizca de afecto.

– Eso tiene fácil solución – comento, cuando nos toca bajar del tren.

Me coge de la mano justo cuando mis pies tocan el andén. Mis mejillas vuelven a parecer un semáforo aunque intento que esta vez me importe menos. Subimos las escaleras que nos llevan a la calle, de nuevo en ese silencio armonioso que descubrí cuando le conocí.

Cuando llegamos al asfalto, bajo un sol abrasador que parece imposible que siga ahí, en pleno diciembre, me besa la mejilla y luego dice:

– ¿A qué te referías con que tiene fácil solución?

Decido arriesgarme.

– Bueno, puedes invitar a tu novia.

Él me dedica de nuevo esa sonrisa que tan enamorada me tiene.

– De acuerdo. ¿Quieres acompañarme a la fiesta?

Por un momento me quedo en shock. Analizo una por una sus palabras, incluso los puntos y las comas. Todo a mi lado queda congelado, estático. Lo único que tiene vida es la persona que tengo delante. El chico de ojos verdes y sonrisa encantadora, que espera una respuesta por mi parte.

– He dicho que invitaras a tu novia, Eric – digo, intentando espabilarme.

– Sí, Paula. Lo sé – me acaricia la mejilla y mis dedos tiemblan. Lo hace con una dulzura, una ternura, que me encanta -. La cosa es que se lo estoy pidiendo a la chica que quiero que sea mi novia.

Eric: ¿A qué hora te recojo, guapa?

Paula: ¿A qué hora te viene bien?

Eric: ¿Media hora antes, por ejemplo?

Paula: Perfecto.

Termino de maquillarme, mientras me observo en el espejo. No voy vestida muy elegante, en plan vestido y tacones. Pero voy lo suficientemente guapa como para atraer varias miradas de alrededor. Los nervios vuelven a hacer acto de presencia mientras releo una última vez los últimos mensajes que tengo con Eric. Cuando se me declaró, hace dos días, no fui capaz de darle una respuesta. Me quedé completamente en blanco, y debí de quedar como una estúpida.

Llaman al timbre y sé, sin necesidad de abrir la puerta, que Eric ha llegado. Me levanto del tamburete del tocador y me miro una última vez. Intento tragarme mis nervios, pero me es casi imposible.

Abro la puerta y Eric, vestido con traje y con corbata, me recibe tirando de las solapas de mi chaqueta para besarme apasionadamente. Al principio, algo sorprendida, rápidamente me dejo llevar por la intensidad del beso. No pienso en nada más que no sean sus labios.

Nos separamos por falta de aire, y con las mejillas encendidas y con una respiración agitada, lo único que soy capaz de decir es:

– Uau.

Eric sonríe y clava sus ojos verdes en mí. Está guapísimo, y este traje solo hace que resaltar su ya de por sí “belleza”. Me coge de la mano y me lleva hasta el coche. Conduce en silencio, con la radio encendida en una cadena de Rock, su (y mi) género favorito.

Mis dedos tamborilean el ritmo de la canción Stone in love. La canto en mi cabeza, cierro los ojos y me dejo llevar por la música que inunda el coche. Eric sigue conduciendo, por la carretera no viajan demasiados conductores más. Todo está muy tranquilo.

– Estás guapísima – dice Eric, en medio del silencio musical.

– Tú también – respondo.

Me fijo en él. Solo hace un mes que nos conocemos, ¿cómo me puede gustar tanto? Sus cabellos desordenados, sus ojos verdes sobre una piel blanquecina. Su sonrisa, casi siempre presente.

– Por cierto, aún no me has dado una respuesta.

– ¿A qué te refieres? – pregunto, intentando desviar el tema.

Sin darme cuenta, ya hemos llegado al local que los profesores de biología de su universidad han alquilado para esta ocasión. Me bajo del coche y juntos, cogidos del brazo, entramos en el local. Una música estridente, al estilo discoteca, suena por todo lo alto, dejando sordos a los oyentes. Varios estudiantes se dedican a saludar a Eric, efusivos.

– ¿Y ella quién es? – preguntan algunos, señalándome -. ¿Es tu hermana pequeña?

Me quedo flipando. ¿Hermana pequeña? ¡Que Eric y yo solo nos llevamos diez años! Pero él, lejos de sentirse ofendido o extrañado, siempre responde:

– Bah, luego os lo cuento más detalladamente.

Y, tan ancho que ha dicho la frase, tan ancho que se marcha para saludar a otra gente, dejándome sola entre estudiantes de biología.

Agobiada, busco la barra para tener algún lugar donde quedarme mientras Eric, completamente ajeno a la persona que acaba de abandonar, sigue por ahí dando tumbos. Cojo una copa y sin saber qué lleva me bebo todo el contenido. El alcohol baja por mi garganta y lanzo un suspiro de alivio.

– ¿No eres un poco joven para estar en esta fiesta? – me pregunta el camarero -. ¿En qué curso de biología estás?

– No estudio biología – le confieso.

El camarero, un hombre muy atractivo, un hombre de esos macho-man, con un cuerpazo de 10, se sienta a mi lado, sin pudor. Me guiña el ojo cuando lo hace y yo podría haberme derretido ante esa mirada de ojos negros sin fondo si no fuera porque me siento un poco desubicada.

– ¿Y qué haces aquí, guapa?

– ¿Acaso te importa? – le respondo, de mala manera.

El hombre, ajeno a mi tono de voz, se apega todavía más a mí. Intento disimular, aparentar indiferencia ante esta escultura que ni siquiera Miguel Ángel podría haber creado, pero cuesta hacerlo, y más cuando llevo una copa de algún alcohol bastante fuerte corriendo por mis venas.

– ¿Cómo te llamas?

– Marina – digo, casi automáticamente.

Me giro para sacarle la lengua, pero él aprovecha esta oportunidad y acerca sus labios a los míos. Estoy dispuesta a apartar el rostro de en medio, de hacerle la cobra. Pero alguien se me adelanta y le pega un fuerte puñetazo en el rostro. Levanto la vista y veo a Eric, claramente enfadado.

– ¿Por qué te has separado de mí? – pregunta, y a diferencia de su rostro, su voz suena muy calmada.

– ¿Tal vez porque tú me has abandonado primero? ¡Me has dejado tirada para ir a verte con tus amiguitos! – estallo -. ¿Cómo quieres que te diga que sí quiero salir contigo si, conociéndote, me abandonarás constantemente por otras personas? – grito, frustrada.

Sé que no debería haber dicho eso. Que Eric y yo comenzábamos a tener una química lo suficientemente buena como para ser pareja. Que yo acabo de destruir las pocas posibilidades que tenía de salir con él, eso también lo sé.

Eric, sin mirarme, me abandona en la barra, sin volver la vista atrás. Y yo, temblando, me despido del camarero malherido y me dispongo a marcharme del lugar. Las lágrimas están a punto de escapar de mis ojos y de mi control. No puedo creerme que lo haya fastidiado de esta manera tan monumental.

La música estridente que sonaba deja paso a una canción lenta, una romántica. Y, sorprendiéndome todavía más, Eric sube al escenario, situándose al lado del DJ. Coge el micrófono negro y comienza a hablar.

– No sé quién la ha cagado más, si tú o yo. Tal vez yo, porque entre los dos, yo soy el impulsivo y el descentrado. Pero, y al ritmo de esta canción, Can’t fight this feeling, te pido perdón. Sí, es cierto que en cuanto hemos entrado en esta basura de local no te he prestado casi atención. Sí, es cierto que cuando me pillaste en el tren estaba “ligando”, entre comillas, con otros contactos.

No puedo creerme lo que estoy viendo. Eric, el malote de Eric, está dedicándome una canción y sus palabras. Tiemblo, sin darme cuenta, de felicidad.

– Pero… Nena, desde que me hablaste en el tren no puedo dejar de pensar en ti. ¿Qué me has hecho? Me encanta esperarte en el andén, me encanta hacer el trayecto contigo. Me encanta besarte cuando te veo. Me encantas tú. Y, como dice la canción, no puedo luchar contra este sentimiento.

Eric se baja del escenario, devolviéndole el micrófono al DJ. Se acerca a mí con paso decidido, mientras que yo soy todo lo contrario. Se arrodilla ante mí, provocando que a nuestro alrededor suene un fuerte “Oooooh”.

– El jueves te pedí que fueras mi novia, de aquella forma indirecta tan directa. Y no me respondiste, aunque lo entendí. Necesitabas tiempo, espacio. Pensar en ello. Pero, Paula, joder, ya no puedo más. Necesito que me digas eso que tanto tú como yo sabemos que dirás: que sí.

Por un momento, la chulería con la que nos hablamos algunas veces se hace paso, inexplicablemente. Y las ganas de responderle por la afirmación que ha soltado en el último momento son infinitas.

– ¿Cómo que estás tan seguro que te diré que sí? No eres mi Adonis, precisamente – digo, con actitud chulesca.

Eric sonríe, desestabilizándome de nuevo. No tengo ni idea de hacia dónde irá a parar esta conversación, pero por el momento me estoy divertiendo.

– Sé que me dirás que sí porque he leído el poema que me has dedicado, en tu blog – comenta, con seguridad.

Vuelvo a ponerme colorada. ¿Conoce mi blog? ¿Ha leído el poema que escribí hace dos días durante el trayecto del tren? Una risilla escapa de mi boca y le levanto del suelo, para dejarle de pie justo delante de mí.

– Pues, sí sabías que iba a decirte que sí, ¿para qué me preguntas tanto, tonti?

Él sonríe y agarrando mis mejillas, me acerca a su boca para besarme. Oigo un coro de aplausos a nuestro alrededor mientras yo me dejo envolver por sus brazos y sus labios. Una sonrisa imborrable se instala en mi rostro mientras sus ojos verdes me observan tras separarnos.

– Te quiero, Paula.

– Te quiero, Eric.

Eric: Abre la puerta, amor.

Paula: ¿Que abra la puerta a las tres de la madrugada? ¿Qué dices?

Eric: Abre, Paula.

Paula: ¿Por qué?

Eric: Porque necesito verte ahora mismo.

Me bajo de la cama, me cubro con una chaqueta tejana que encuentro tirada por el suelo y me apresuro a abrir la puerta. Eric no tarda ni dos segundos en atacar mi boca y dejarme sin aliento. Dios, me encanta.

– ¿Por qué has venido tan tarde? – susurro, con mi frente apoyada sobre su pecho.

– ¿Tiene que haber una razón para visitar a mi novia?

Ha pasado casi un año desde que se declaró en el local, pero Eric sigue teniendo estos pequeños detalles que, día a día, me van conquistando un poquito más. Le invito a pasar y nos sentamos juntos en el sofá, con una manta azul por encima de nuestros cuerpos.

Le abrazo, lo envuelvo con mis brazos y me apego a él. Eric besa mi frente con dulzura y me pregunta qué tal el día.

– Te lo he dicho por WhatsApp – digo, fingiendo estar indignada -. ¿Es que acaso no los has leído?

– Los he leído todos, pero me moría por oír tu voz de nuevo.

Me sonrojo y escondo el rostro, pero Eric lo levanta y me besa, tan suavemente pero a la vez tan genialmente, que me podría derretir.

– Te quiero, Paula. Más de lo que te imaginas.

Y yo, entre sonrojo y mirada, le respondo:

– Yo también te quiero, Eric.

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