Desvaríos de una mente enamorada #textoliterario

Salgo de la sala de descanso con una taza de café entre mis manos. Entre el día de ayer y el de hoy, me siento completamente agotado, así que una buena opción es una taza de café bien cargado.

Me acerco a la mesa de Charlie y le tiendo su respectiva taza, llena de té negro. Con un breve gesto con la cabeza me agradece el gesto y ambos regresamos al análisi de las pruebas que incriminan a nuestro defendido, el señor John Fillion.

– ¿Algo nuevo? – pregunto, al borde de la desesperación.

– Nada. Ya no sé cómo demonios conseguiremos sacarle de este embrollo.

Suspiro agotado y desvío un momento la atención para posarla a mi derecha. Katia Stone, la chica en prácticas dentro de nuestro buffete de abogados defensores ya se viste con su chaqueta negra de cuero, lista para marcharse a su casa.

Igual que ocurre desde que la conocí, unas mariposas bailan a sus anchas en mi estómago. Y aunque alguna que otra vez me he planteado declararme y mostrar mis sentimientos, también es cierto que la normativa de nuestro buffete nos prohíbe relacionarnos de esta manera con nuestros alumnos en prácticas.

– ¿Cuándo piensas dejar de hacer el idiota y declararte a la señorita Stone?

– Charlie, aunque quisiera hacer eso, tampoco puedo.

Él, para toda respuesta, se encoge de hombros y devuelve la vista a los informes de John Fillion. Yo también intento hacerlo, pero me resulta imposible. Constantemente mis ojos se desvían y regresan a Katia, hablando con Jamie, otra alumna en prácticas. A diferencia de Katia, su turno terminará en unas horas, por lo que le esperan unas fantásticas horas de intenso trabajo con Max y Kevin.

Cuando dan por finalizada la conversación, nuestras miradas se cruzan. Me dedica una sonrisa, yo la imito. Sería perfecto poder ir ahí, darle ese beso que tanto me quema en los labios y decirle lo mucho que me gusta. Quiero que se acerque, que el lugar en el que estamos no nos importe, que nos dejemos llevar. Pero eso solo son desvaríos de una mente enamorada, supongo.

– Bueno, chicos. Yo me voy yendo. Ya es hora de cenar – comenta Katia cuando se acerca a nosotros para despedirse.

– Genial. Buenas noches, guapa – responde Charlie, mientras se dan un breve apretón de manos.

Luego centra toda su atención en mí. La lengua se me seca y la garganta se me atasca. Charlie se marcha, dejándonos completamente a solas. Y la sensación es peor. ¿Cómo no hablar de lo mucho que significa para mí cuando eso está prohibido aquí dentro?

– Bueno…

– Bueno…

Y los dos nos reímos al ver que nuestras palabras se sincronizan en el aire. La risa, no sé si nerviosa u otra cosa, es lo único que nos llena en estos momentos. Para romper el silencio, le doy un corto abrazo y un casto beso en la mejilla para despedirnos.

– Pues… nada. Hasta mañana – me dedica una última sonrisa antes de darse la vuelta para irse.

Por la espalda, sin yo advertirlo, se acerca Charlie con una taza de café hasta arriba. Le da un trago mirándome a los ojos. Casi tengo miedo.

– O vas corriendo a decírselo o te doy un par de hostias en la cara.

– ¿Decirle el qué?

Él pone los ojos en blanco. Sé perfectamente a qué se refiere, pero no quiero aceptarlo. No puedo aceptar que me gusta Katia Stone.

– Díselo, y déjate de tonterías.

Katia casi está fuera del edificio. Charlie suspira y se marcha de mi lado, para sentarse en su escritorio y seguir analizando todos los puntos sobre nuestro caso.

Y yo, con la sonrisa atontada y mi corazón a punto de martillearme el pecho, me levanto de mi silla como si tuviera un muelle en el trasero y corro a encontrarme con Katia.

– Hola… de nuevo – dice ella, con una sonrisa impresionante.

Los nervios se apoderan de mi ser en este mismo momento. ¿Lo hago o no lo hago? ¿Qué es lo mejor que puedo hacer?

Acaricio su mejilla izquierda, apartando uno de sus mechones más rebeldes para colocarlo detrás de su oreja. Ella se sonroja y estoy seguro de que yo también.

Entonces, con una valentía que nunca he sentido en mí, digo:

– Te dejabas algo.

– Ah, ¿sí? ¿El qué?

– Ésto.

Y la beso. Junto nuestros labios, se fusionan. Siento cómo me tiembla todo el cuerpo, igual que el suyo. La acerco a mí por la cintura hasta que sé que ni siquiera un soplo de aire podría pasar entre nuestros cuerpos.

Todo deja de existir. No, mentira. No todo deja de existir. Porque todo queda en un segundo plano hasta que solo existe Katia y nuestro beso.

Por falta de aire nos separamos. Y aunque quiero volver a romper la distancia que hay entre nuestras bocas, por hoy ya he llenado el cupo de locuras que puedo cometer.

Ninguno de los dos dice nada, ya lo hacen nuestros ojos por nosotros. Y en los suyos veo lo mismo que seguro que ella verá en los míos. La emoción del momento, lo mucho que nos ha gustado hacerlo.

– Katia, yo…

– Yo también – responde ella, sin dejarme terminar.

Entonces, no puedo evitar la sonrisa que se me instala en el rostro y que sé que será dificil de borrar.

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