0312 #TextoLiterario

Algunos de los médicos que deambulan por los pasillos del hospital me saludan amistosamente. Como si llevara toda la vida allí. Pero devuelvo el saludo con la misma amabilidad y me quedo esperando en la sala (valga la redundancia) de espera.

Connor aparece por el pasillo y levanto la bolsa con la cena. Él sonríe y acelera el paso para llegar antes a mí. Me agarra el rostro por las mejillas y me da un suave beso en los labios.

  • ¿Tienes hambre? – pregunto, casi de manera estúpida.
  • Demasiada.

Con una boba sonrisa, ambos abandonamos el hospital y nos sentamos en un banco cualquiera del parque más cercano al edificio. Saco de la bolsa dos ensaladas compradas en el supermercado y le tiendo unos cubiertos de plástico.

  • ¿Qué tal tu día? – me pregunta, apuñalando un pobre trozo de lechuga mustia.
  • Largo – me limito a responder. Connor sonríe -. ¿Y el tuyo?
  • Genial.

Seguimos cenando mientras observamos algunas parejas paseando por el parque, a niños jugando, a mayores alimentando a los patos del estanque.

Por un segundo, dejo de sentirme parte de todo lo que me envuelve. Miro a Connor, quien se ríe a carcajadas tras comprobar cómo dos patos se pelean por un trozo de pan mojado, y no puedo evitar sonreír.

El doctor Brookin nos saluda tras pasar por delante de nosotros. Su turno de guardia acaba de terminar, y ya se marcha a casa con su mujer.

  • Que aproveche – nos comenta, alejándose a un buen paso.
  • ¡Gracias! – gritamos ambos.

Cuando vuelvo a mirarlo, Connor se inclina en mi dirección y me besa despacio, alargando el tiempo. Me dejo llevar por las cosquillas que me provocan su barba de tres días, por el contacto de sus labios sobre los míos.

  • ¿Qué? – pregunto, casi susurrando y sin poder borrar mi sonrisa de la cara.
  • Te quiero, Valerie.

Como una tonta adolescente, dejo caer mi cabeza sobre su hombro, mientras me termino los últimos restos de mi ensalada. Intentando imitar a un jugador de baloncesto, lanzo el envase de plástico en que iba mi cena hacia la papelera más cercana. No necesitaba que Connor se riera tan alto para saber que no he acertado el tiro.

  • Por cierto, mañana tenemos la cena en casa de mi hermana, ¿lo recuerdas? – me dice en el mismo momento en que me levanto del banco para lanzar, ahora sí, el envase en la papelera.
  • Joder, se me había olvidado…

Me vuelvo a sentar en el banco y quien se inclina ahora es él. Apoya su cabeza sobre mi hombro y su incipiente barba roza sobre la piel desnuda de mi cuello y clavícula. Ojalá estos momentos pudieran ser eternos, pero el reloj que hay en el centro del parque nos recuerda que en cinco minutos Connor debe regresar a su puesto.

  • Puedo cancelarlo, ¿lo sabes, verdad?

En su propuesta, entreveo un deseo. El deseo a que le pida la cancelación. A la opción de evitar una cena familiar compuesta por unos miembros de los que en su día huyó.

  • Eh, puedes hacerlo – confío en que mi voz haya sonado convincente -. Ahora has recuperado el contacto con un padre con el que no te llevabas nada bien, y parece que quiere hacer las cosas bien. Inténtalo, ¿vale? – le pido.

Connor asiente, mientras su mirada se pierde en el horizonte. Su musculoso brazo me rodea por los hombros y me acerca a su cuerpo. Emana calor, un calor que me envuelve y me hace desear que su descanso no termine nunca.

  • No sé qué haría sin ti – confiesa, besando mi frente.
  • Probablemente tomar malas decisiones – río.

Nos levantamos del banco y cogidos de la mano regresamos al hospital. En la puerta de entrada, lo miro. Me pongo de puntillas y le beso.

  • Te quiero – repite. Nunca me cansaré de escucharlo -. Te quiero, Valerie.
  • Te quiero, Connor – alguien nos saluda cuando pasa por nuestro lado -. Y ahora, entra ahí si no quieres quedarte sin trabajo.

A ti, Pol

A ti, Pol, te dedico esta carta.

Me enamoré de ti. Sí, de hecho fuiste (eres) mi primer amor.

No sé en qué momento sucedió, pero pasaba el tiempo y yo notaba cada vez más que esa amistad que nos profesábamos empezaba a ser solo en una dirección: de ti hacia mí.

Tenías 12 años cuando te conocí. ¿Lo recuerdas? Yo tenía 14 cuando apareciste en mi vida, en el aula 3A6 del conservatorio. Aunque… no. Me he equivocado con el lugar. No, tú y yo nos conocimos en el rellano del primer piso, una de tantas tardes que terminamos compartiendo. Ahí fue cuando empezamos a hablar, a darnos cuenta de lo bien que nos llevábamos.

Nunca podré olvidar las mil sonrisas que me sacaste, daba igual mi estado de ánimo. Nunca podré olvidar las mil lágrimas que me secaste, daba igual mi estado.

No sé cómo sucedió. No eres el chico más guapo que haya conocido, no eras nada del otro mundo. Aunque, realmente, ¿quién lo es? Pero sé lo que sí eras: eras simpatía pura, eras sonrisas a todas horas, eras apoyo constante, eras… eras TODO.

Poco a poco me fui enamorando. Sabía que lo nuestro nunca existiría, que jamás tendría yo el valor de declararme ni tú de fijarte en una chica como yo. Y sin embargo yo no podía olvidarte.

El tiempo pasaba y nuestra amistad no descendía, al contrario, aumentaba. Cada verano esperaba con ansias el inicio del curso solo para verte, para disfrutarte. Tenía ganas del primer día porque sabía que pasaríamos horas hablando, de lo que fuera.

Sin embargo, algo sucedió el curso 2015/16. ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? Por temas escolares, yo no podía asistir presencialmente al curso, así que lo hice por correo, presentándome a los exámenes. Ahí nuestra relación empezó a decaer. Al no vernos tan seguido, nuestras conversaciones empezaron a desaparecer. Nuestras charlas por WhatsApp también lo hicieron. Cada día que pasaba ibas transformándote, poco a poco, en un fantasma del pasado que no en un amor del presente. Hasta que ya no hubo nada. Ni conversaciones cara a cara, ni WhatsApps.

Pero esta carta no existiría si no fuera por las ganas de explicar todo lo que me has hecho sentir. Las ganas de explicar lo mucho que me importas. Las ganas de explicar lo mucho que me hubiera gustado ser más valiente y robarte ese beso que tanto me quema en los labios. Las ganas de explicar lo mucho que me gustaría volver a hablar contigo. Las ganas de explicar.

Y esta carta tampoco existiría si no fuera por el increíble deseo que tengo de confesar que te quiero. Necesitaba decírtelo, aunque fuera seis años más tarde. Necesitaba decirte que eres mi primer amor, que nunca ha habido un chico como tú en mi vida. Necesitaba decirte.

Me encantaría ser más valiente, y tener el valor de enviarte un enlace a esta carta y que la leyeras. Me encantaría que te sintieras identificado, y que lo habláramos. Me encantaría.

Si por un casual, solo por un casual, el destino jugara a mi favor y me ayudara a reencontrarme contigo. Si por un casual.

A ti, Pol, te dedico esta carta.

Cuando me decía «Te quiero»

Ahora veo lo mucho que tuve y lo poco con lo que me quedé.

 

Cuando me arropaba con una manta las veces que me quedaba dormida en el sofá.

Cuando me despertaba con un beso en la frente cada mañana.

Cuando me decía «Te quiero».

 

La gente nos decía que éramos tal para cual.

 

Cuando me preparaba el desayuno con una sonrisa en la cara.

Cuando me enseñaba a tocar la guitarra aunque supiera que tengo cero talento musical.

Cuando me decía «Te quiero».

 

Y es que lo fue todo dentro de un marco que no significó nada.

 

Cuando me cambiaba las lágrimas por sonrisas.

Cuando me susurraba al oído las más melódicas melodías.

Cuando me decía «Te quiero».

 

Cuando me decía «Te quiero».

La felicidad #TextoLiterario

La felicidad

no es un objeto,

no es un momento

ni es un nombre.

La felicidad

no va acompañada de nada más

que una sonrisa en la cara.

Consiste en olvidarse,

en regresar a la inocencia,

a esos días en los que

todo era desconocido.

Consiste en olvidarse,

en dejar los problemas atrás

y dejarse llevar.

La felicidad consiste

en simplemente

vaciar

la mente.

La felicidad consiste

en simplemente

sonreír

de vez en cuando.